viernes, 31 de marzo de 2017

Improvisando mi adolescencia - Capítulo 1 - Parte II.

Esta segunda parte de Improvisando mi adolescencia seguirá teniendo como protagonista a Julia, claramente, pero la única diferencia con la primera parte es que estará escrita en tercera persona y en pretérito. Ella ya no será la que nos cuenta su vida a través de un diario íntimo (el cual quedó guardado en una cajita), sino que miraremos todo desde afuera, sabiendo así qué piensan, hacen y quieren el resto de los personajes.
Ojalá la disfruten.
Gracias por leerme, una vez más.
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Si bien el mes de agosto estaba llegando, el calor no quería irse del todo. Siempre, aunque fuera una vez por semana, estaba presente. Y este era uno de esos días: soleado, cálido, agradable para dar una vueltita en bicicleta o salir al patio a tomar aire. Un domingo.

—Agus, dale, levantate que no vamos a llegar más —le dijo Julia.
Agustín sonrió, con los ojos entrecerrados y una ternura divina.
—Amor, ¿qué hora es? ¿Las nueve? ¿Diez? —trató de adivinar. —¡Un ratito más!
—No, gordo, dale —insistó ella acostándose a su lado. —Papá dijo que el almuerzo va a estar para la una, tenemos que salir ya para llegar a tiempo.

Un fin de semana por medio, Julia se quedaba a dormir en el departamento de su novio en La Plata ya que ella había decidido volverse a Capital y estudiar su carrera allí. Extrañaba demasiado a su papá, a su hermano, a su barrio.
Agustín hacía ya meses que estaba buscando departamentos en Recoleta para volver a estar cerca de su novia, pero no encontraba ninguno que le gustara o que fuese económico. Por lo tanto, ambos se veían cuando podían.

—Bueno, está bien —dijo él haciéndose el ofendido. —Andá a hacer algo para desayunar que yo me preparo y ordeno todo.
Ella asintió sonriente y se fue al comedor.

A las once de la mañana ya estaban en el auto de Agus saliendo a Capital Federal. Tenían una hora y media de viaje aproximadamente, pero no se preocupaban demasiado porque se divertían muchísimo escuchando música, hablando, contándose chistes; y a veces cuando alguno de los dos tenía que estudiar, se iba al asiento de atrás y manejaba el otro.

—¿Podés poner el tema 58? —pidió él sin sacar los ojos de la ruta.
—¿Cuál es?
Nothing left to say —respondió él con una sonrisa inmensa.
Imagine Dragons —acotó mientras buscaba la canción en el pen drive.
Julia le devolvió la sonrisa y también le robó un beso.
Y es que entre ellos se entendían (y cada vez más).

Ese tema les hacía acordar a una hermosa noche de pasión que habían tenido hacía unos fines de semana atrás. Agustín le había pedido a su novia que fuera a su departamento a la nochecita y así él tendría tiempo de preparar todo con tiempo.
Cuando Julia llegó al lugar, del cual tenía llaves por cualquier cosa que ocurriese, abrió la puerta y se encontró con el living lleno de velas, luces tenues, un aroma increíble… y a su chico parado al lado del ventanal que daba al balcón, con dos copas de vino.

—¿Qué es todo esto? —preguntó ella muy feliz pero sin entender.
—Un regalo. Una sorpresa, en realidad —se corrigió Agus rápidamente. —No quiero que dudes de lo mucho que te quiero y lo de bien que me hacés.
Empezó a acercarse a ella con una pequeña sonrisa en la cara, estirando su mano para entregarle la copa.
—Ay, amor. Sos hermoso. No tengo palabras, no me lo esperaba —dijo emocionada.
—No quiero que digas nada, en serio. Mientras vos estés feliz, me alcanza y me sobra.

Dicho eso, le dio un beso a Julia y se acercó al equipo de música para poner el tema que recordarían toda su vida: Nothing left to say de Imagine Dragons. Se abrazaron, se miraron, se disfrutaron, se agradecieron.
Comieron ñoquis rellenos que Agustín había cocinado y más tarde, después de haber visto una película de comedia, comieron helado y tuvieron una noche llena de amor e intensidad.
Se hacían bien de verdad. Sentían amor en serio.


—Qué tema del bien —comentó Julia una vez que la canción había terminado.
—Te juro que la amo, por eso la elegí la otra vez.
—Me lo imaginé —contestó mirándolo con ternura.

En ese momento, comenzó a sonar el celular de la morocha. Miró la pantalla y era Fiorella, una de sus mejores amigas. Le hizo una seña a su novio para que hiciera silencio, bajó el volumen de la música y atendió.
—Hola, amiguita.
—¡Hola, Ju! —se escuchó del otro lado con cierta excitación. —¿Qué andás haciendo?
—Volviendo a Capital con Agus, ¿vos qué onda? ¿Por qué tanta felicidad? —preguntó riéndose.
—¡Ay, nena, nada! —rió. —Te extraño, hace como diez días que no nos vemos. ¿Nos juntamos hoy?
Julia pensó.
—Voy a poder a la tardecita casi noche. ¿No importa?
—No. ¿Vas a estar con Agustín?
Lo miró a su novio.
—No sé, capaz. ¿Por?
—Me pinta que hagamos algo los cuatro, ustedes dos y Mateo conmigo —planteó Fio.
—No es mala idea —dijo sonriendo. —Después mandame un mensajito y arreglamos algo.

Terminaron de hablar y Julia guardó el celular en su cartera. Le contó a Agus la idea de su amiga y él, como siempre, simpático y alegre, dijo que sí. Le caían genial Fiorella y su novio, juntos la pasaban genial.
Ya faltando media hora para llegar a destino, Julia buscó en su lista de reproducción del pen drive Dog days are over de Florence + The Machine. Bajó la ventanilla del auto, se puso los lentes de sol y empezó a cantarle al aire, a la naturaleza, al cielo, al sol. Y se acordó de su mamá mirando para arriba, entonces sonrió.
Esa canción siempre la bailaban juntas y aunque Sara jamás había logrado aprenderse la letra, la cantaba con muchas ganas y fuerzas. Como era ella, alegre, hiperactiva y fuerte.

—¿En qué pensás, linda? —le preguntó Agustín, sacándola de sus propios pensamientos.
Julia lo miró confusa, se había perdido en los recuerdos.
—Perdón. En mamá —contestó. —Voy a cambiar de tema porque no quiero ponerme sensible ahora.
Él estiró su brazo y le hizo una suave y dulce caricia para contenerla. No le molestaba para nada que hablara de su mamá, obviamente, pero conocía a Julia a la perfección y entendía cuando un no era no. Ella prefería llorar en soledad, con su corazón abierto pero a escondidas.

Una vez en Recoleta, decidieron ir a comprar pan y bebidas para no caer con las manos vacías al almuerzo. Tardaron unos quince minutos en ir y otros en llegar a la casa.
—Hola, papi —saludó Juli con un abrazo.
—Hola, hermosa —respondió ayudándola con los pocos bolsos que se había llevado para el fin de semana.
Se saludaron los restantes, incluso estaba Nico, hasta que apareció una mujer alta con un cuerpo curvilíneo bellísimo, unos ojos verdes potentes, cabello marrón oscuro y una sonrisa que llamaba mucho la atención. “Debe ser la novia de mi hermano”, pensó Julia.
Pero no.
—Hija, Agus, ella es Carolina —la presentó su papá.
La pareja se miró desentendida, pero no querían ser irrespetuosos o maleducados, por lo tanto saludaron.
—Hola, un gusto —dijo de manera agradable la nueva invitada. —¿Así que ella es la famosa Julia?
Ella alzó las cejas, más confundida aún. ¿Quién era la mujer? ¿Por qué sabía de su persona pero la adolescente jamás había escuchado su nombre?

La situación fue bastante tensa hasta que Pablo decidió llamar a su hija a la cocina para hablar de manera rápida, mientras los demás se dirigían al patio para ver cómo avanzaba el asado.
—¿Y esto? —preguntó Julia en un mal tono.
—Carolina, hija —contestó como si fuera algo obvio. —Si te conté que estaba conoci…
Interrumpió.
—Ya sé lo que me dijiste, pero podrías haberme avisado que vendría más gente.
Pablo revoleó los ojos.
—Es buena, alegre, sabe un montón sobre todo lo que le preguntes. Dale, hija, te va a caer bien.
—Voy a hacer el esfuerzo solo por vos, porque te quiero y mi mayor deseo es verte bien.
Le dio un beso en la mejilla, dejó su cartera en la barra y se fue al patio también.

Cuando llegó, se acercó a ver la carne en la parrilla y comentó que se moría de hambre. Luego, se recostó en la hamaca paraguaya junto a Agustín.
—¿Le hablo a Fiorella para concretar lo de hoy?
—Sí, dale —contestó entusiasmado.
—¿Hicieron algo allá? —preguntó Nico acercándose y metiéndose en la conversación.
—El viernes no, estábamos re cansados, y el sábado a la noche fuimos al teatro —comentó Julia.
—¿Te gusta el teatro? ¡A mí también! —se sumó Caro.
Julia intentó sonreír, ser simpática, pero no le cerraba. Sí, recién la conocía, pero se esperaba otra… cosa para su papá.
Pensó dos segundos.
¡Acababa de conocerla! Debía darle una oportunidad.
—Sí, soy bastante fan —dijo por fin. —Pero no voy muy seguido, menos ahora que estoy con los estudios a full.
—Algo me había comentado tu papá. ¿Agustín vive en La Plata todavía?
Lo miró a él para que respondiera.
—Sí. Igual sigo averiguando para volver a Capital, no soporto estar muy lejos de esta chiquita —dijo entre risas, abrazando a su novia.

Todos seguían hablando y contando cosas para conocerse, era cierto que Carolina se destacaba por su alegría y simpatía. Pero Julia no, estaba desconectada, colgada y muy pensativa.
Algo shockeante e inesperado le llegó a su mente de golpe, porque sí, porque pensaba demasiado. ¿Lo peor? Que no era imposible. Tranquilamente podía suceder. Pero aún no era el momento de hablar, preguntar o investigar.
La semana recién estaba comenzando. Y esta nueva etapa, también.

-Luli.