viernes, 15 de julio de 2016

Improvisando mi adolescencia – Capítulo 49 (penúltimo).

Mi cabeza no reaccionaba, y mi cuerpo tampoco. Sentía que era un sueño del que jamás iba a poder despertarme porque no solo le afectaba a mamá, sino que también a nosotros, los que la amamos.

—¿En serio? ¿Cuándo? —pregunté angustiada.
—Anoche, linda. Te llamamos una vez a tu celular, pero no respondiste y no quisimos seguir insis…

La interrumpí.

—¡Abuela, hubieses llamado doscientas veces si era necesario! ¡Es mamá! —grité eufórica como si todo fuera su culpa. —¡Vayámonos de acá!

Dejó salir algunas lágrimas de sus ojos y después entendí que ella no había sido la culpable e incluso pensé que debo cambiar mis formas de tratar a la gente en momentos tensos como aquel.
Agarré todas mis pertenencias lo más rápido que pude y me subí al auto. Mis abuelos seguían en la casa buscando lo que faltaba. En ese instante decidí llamar a Zoe, si es que alcanzaba señal, porque ella tenía una palabra justa para todo.

“Atendeme, atendeme, atendeme”, decía en voz baja.

—¿Hola? ¿Hola? ¡Se escucha mal!
—¿Ju?
—¡Zoe! ¡Me estoy volviendo a Buenos Aires!

Se escuchaba pésimo, pero necesitaba que me dijera al menos dos palabras. Que me curaran. Que me salvaran.

—¿Qué pasó?
—Internaron a mamá de urgencia. Estoy muy mal, no sé qué hacer.

Mi voz se retorció como un pañuelo hasta quebrar. Y mis lágrimas se hicieron notar fuertemente.

—Pará, tranquila. ¿Ya te fuiste?
—No.
—Estoy en el auto, voy para lo de tus abuelos y te acompaño.
—¿¡Estás loca!? —grité. —¡Vos mañana tenés tu viaje!
—El viaje se puede pasar para la otra semana, mi apoyo hacia vos, no. Esperame, por favor.

Le corté y apagué mi celular. El miedo me estaba consumiendo; el temor a quedarme sola, la tristeza de que le pasara algo a la mujer que más amo, la necesidad de que no se vaya.
Salí de mis pensamientos al ver a mis abuelos acercándose al auto, los dos llenos de dolor y también miedo, como yo. Se subieron.

—Ya estamos listos para volver —dijo él.
—¡No, paren dos segundos! —rogué.

Ellos se miraron sin entender.

—Está llegando una amiga. Por favor, esperen. La necesito.

Me acariciaron la cabeza y esperamos. Diez segundos, treinta segundos, un minuto. Y llegó.
Se bajó de su auto muy velozmente, avanzó corriendo hacia donde estaba yo y, sin aviso alguno, subió. Y me abrazó. Y puedo jurar que jamás me sentí tan acompañada.

—Perdón. Hola —dijo rápido.

Mis abuelos sonrieron, parecían orgullosos. Y sin decir más nada, nos fuimos.

Había silencios eternos y otros que eran cortados por el abuelo o por Zoe. Me sacaron algunas sonrisas, pero eso no significaba que estaba mejor. De hecho, me sentía peor. Porque cada vez estaba más cerca de llegar adonde estaba mamá y eso significaba estar más cerca del dolor. Más cerca de ver la realidad.
Y pensar que yo había decidido escapar de todo aquello. Me sentía muy egoísta, ¿cómo se me había ocurrido dejar a mi familia cuando mamá estaba con cáncer? Solo pensé en mí y no en la gente que quería. Y si bien a veces es necesario, ese no había sido el caso. Porque si me hubiese quedado en la ciudad, quizá las cosas eran diferentes. Porque si no me hubiese ido, quizá sufría(mos) menos. Pero los “hubieses” no existen.

Zoe pareció leer mis pensamientos.

—Dejá de culparte. Esto pasó porque así tenía que ser, porque es una enfermedad y se sobrelleva como se puede.

Le sonreí y volví a mirar por la ventana hasta quedarme dormida.


—Chicas, llegamos. Juli, por favor entrá calmada, ¿sí? —me pidió la abuela.

Asentí sin darle importancia, me desabroché el cinturón del auto y me bajé corriendo.


—Mi mamá está internada, tiene cáncer. ¡Viajé tres putas horas para poder verla, me llegás a decir que no puedo y tiro esta clínica abajo! —le grité al primer doctor que vi pasar.

Me miró con pena, creo. Aparecieron mis abuelos y Zoe, pidieron que me calmara y el doctor miró un informe.

—Piso dos, sala treinta y ocho. Solo familiares directos.

Salí corriendo y le grité “imbécil”. Ahora también me arrepiento, claro, pero en momentos como esos… puedo asegurar que nadie piensa qué decir. Solo descarga su bronca con palabras sin sentido e incluso, a veces, hirientes.

—¡Pá! —exclamé aliviada al ver a mi papá sentado en el pasillo.

Levantó su cabeza y se paró para darme un beso y un abrazo muy reconfortante. Nos quedamos así varios minutos hasta que nos separó la abuela.

—¿Cómo está Sara? —preguntó.
—Vení —le respondió.

Y se alejaron. Y hablaron en privado como si yo no pudiera entender las cosas. Y me dolió, ¡porque soy su hija!

—Vení para acá —me dijo Zoe agarrándome del brazo al ver que me estaba yendo hacia ellos.
—¡Boluda, tengo todo el derecho de saber qué mierda pasa! —le grité.

Me abrazó.

—Ya sé, y te entiendo. Pero dale un poco de tiempo, hay que asimilar todo esto.

Apareció Nico con una botella de agua y dos chocolates. No recuerdo otro momento en el que me haya sentido tan feliz de verlo.
Me sonrió y se acercó corriendo hacia mí.

—No sabía que venías —soltó. —Menos mal que estás.
—Ella es Zoe —dije presentándola—, una amiga.

Se saludaron muy simpáticos. En menos de tres segundos los imaginé juntos y logré sacarme una sonrisa.


—¿Qué sabés de mamá? —pregunté después de un rato.
—Lo mismo que vos, supongo. Nada.

Media hora después volvió papá junto con la abuela y ella decidió irse a su casa con el abuelo. El ambiente no le gustaba y sentía que estando allí no ayudaba en nada. Me ofrecieron salir un rato, pero no acepté. Eso era lo último que quería.

—¿Pueden venir? —nos preguntó papá a Nico y a mí.

Los dos nos paramos y miré hacia atrás, donde estaba Zoe. Tenía miedo, no quería escuchar más nada. Ella me dio paz a través de una sonrisa.

—Los doctores dijeron que podemos pasar un rato, y quiero que entren ustedes primero.

Nico me miró y me pidió que lo hiciera yo.

—No voy a entrar hasta que no me digas qué sabés —le dije a mi papá.

Él comenzó a revolear los ojos, se cruzó de brazos y hasta tomó agua. Todo eso para evitar mi pregunta, la cual tenía que ser respondida sí o sí.

—Es una situación muy jodida. Grave —comentó.
—Eso ya lo sabemos. Danos datos concretos —pidió mi hermano.
—Es que no sé cómo decirles todo esto, hijo.

Pensó y pensó. Cinco minutos, tal vez.

—Hay muy pocas probabilidades de que salga de… —pausó— esto.

Y mi mundo volvió a derrumbarse igual o aún más que cuando me enteré lo de su enfermedad. Mis ganas de vivir, reír, salir y disfrutar desaparecieron automáticamente. Me quería hacer la fuerte manteniendo las lágrimas en mis ojos, pero fue en vano porque no funcionó ni un poco.
¿Nunca te pasó que en las situaciones menos apropiadas te ponés a pensar en cosas que te hacen llorar (quizás más)? Así estaba yo. Me senté en el piso y, sin querer, en mi cabeza comenzaron a resonar momentos hermosos que había pasado con mamá: desde días de compras hasta noches de charlas.

—Dale, Ju, entrá —insistía Nico.

Le hice caso y me prometí ser fuerte. Era la única manera de sobrevivir a eso. Antes de hacerlo, volví a mirar hacia atrás en busca de la sonrisa de Zoe pero no la encontré. Ni a sus dientes blancos ni a ella, pero no me preocupé; seguro quería dejarnos solos para no molestar.


—Hola —saludé al ingresar.

Y volví a ver sus ojos chiquitos, su sonrisa hermosa, su cabello muy muy muy corto, su piel blanca, sus huesitos, sus ojeras. Seguía siendo la más linda, eso no cambiaría. Nunca.

—Te amo —me dijo.

Corrí hacia ella y le di un beso en la frente. Acerqué un banquito a la camilla.

—¿Qué pasó, má? —le pregunté casi sin voz.
—Yo sabía que esto iba a pasar. Perdón —pausó. —En realidad todos sabíamos —se corrigió—, por eso hablamos con tus abuelos para que vayas al campo. Pero lo que nadie sabía es que esto llegaría tan rápido.

Me sentí traicionada. Lo único que yo quería era ayudar y hacerle bien, pero evidentemente eso no servía. Pensé dos segundos antes de hablar y recordé las palabras de Zoe de la noche anterior: “ella solo quiere verte bien”.

—Mamá, sabés que te amo, ¡yo quería estar con vos en todo momento!
—No me digas esto, por favor, hija —dijo entre lágrimas. —Estoy arrepentida, pero ahora estamos juntas. Más juntas que nunca. Y eso es lo que importa.

La abracé como pude ignorando por completo los cables que se encontraban a su alrededor.
Le conté un poco sobre mis días en el campo y se acordaba perfectamente de la hija de Irina, tanto que le sacó una sonrisa saber que se encontraba en el pasillo acompañándonos.

—Mi amor, necesito decirte algo por si esta es la última vez que puedo hablar con vos.

Oír eso me destruyó el alma, pero era la realidad a la que me estaba afrontando. Todos, incluso yo, sabíamos que tarde o temprano eso pasaría. Pero me había cegado tanto al no querer aceptarlo que todo se me complicó el doble.

—Decime —le dije al cabo de unos minutos.
—Te pido por favor que siempre, siempre, siempre hagas lo que te hace feliz. Que no te dejes llevar por el resto si vos buscás felicidad, ¿sí?

Asentí mirando el techo. Mirarla me dolía cada vez más.

—Que cuides a papá, a Nico, a los abuelos y a toda la gente que amás —continuó.

Volví a asentir.

—Y mirame que esto es importante —suplicó tomándome las dos manos.

La miré y lloré. Pero la escuché.

—No me incumbe si seguís amando a Joaquín o si te gusta Agustín, pero jugatela por alguno de los dos que mi intuición de madre dice que los dos te adoran.

Cierto. Todavía tenía asuntos pendientes con ellos.

—Basta con eso, má —dije.
—Te lo digo porque te amo y porque merecés ser la mujer más feliz de todas. Sos fuerte, hermosa, inteligente. Hacete valer por lo que sos, que nadie te diga que sos menos o que no podés con tal cosa. ¿Me escuchaste?

La abracé.

—Igual, creo que Agus se merece una oportunidad —soltó riéndose.

Y me reí con ella. Y disfruté ese momento más que ningún otro. Porque no sabemos cuánto pueden durarnos las mejores cosas.

—Pero, principalmente, no te pases los días mirando el reloj y llegando tarde a tu vida.


—Hola —saludé nerviosa.

Seguramente tenía el rímel de la noche anterior todo corrido, y la ropa sucia, mojada con lágrimas. No tenía dudas de que mi apariencia era desastrosa, y menos mal que mis pensamientos no pueden verse…

—¡Hola! —saludó. —¿Te conozco?

Era una mujer bellísima. Alta, de contextura mediana, con el cabello negro hasta los hombros y algunas arrugas que sabía lucirlas a la perfección. Un lunar debajo de sus labios le daba el toque de belleza. Tenía puesto un delantal, por lo que supuse que estaba interrumpiendo su comida.

—No creo —contesté. —En realidad estoy buscando a su hijo. Pero no importa, puedo pasar más tarde.
—¡Tuteame, linda! —pidió alegre. —¿Te sentís bien?

“¿Lo decís por mi pinta de loca? Soy así siempre, quedate tranquila”, pensé.

—No, no me siento bien —dije rápidamente. —Y esa es una de las razones por las que estoy buscando a Agustín.

Me sonrió y me dejó entrar en su casa. 
Me senté en un silloncito frente a un televisor apagado y la señora me pidió que esperara. Se fue.
La casa era hermosa, tanto por fuera como por dentro. Estaba pintada con colores cálidos y algunos tonos oscuros llegando a la parte de la cocina. Había un olor exquisito, parecía que la mujer estaba cocinando una torta, tal vez.

Continué observando la decoración y cada instante del hogar hasta que apareció él. 
El imperdonable, le dirán algunos.

Pero yo más que nadie sabía que todos cometemos errores.

Y que las segundas oportunidades
pueden valer la pena,
como pueden que no.
Pero hasta que no te arriesgás, no lo sabés.

Y eso hice. Por mamá, por Zoe y por mí. Porque al final, todos llegamos con un objetivo en común: ser y hacernos felices.


Luli / Improvisando mi adolescencia – Capítulo 49 (penúltimo).

4 comentarios:

  1. Lo lloré todo🙅🙅 hermoso capitulo❤❤

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  2. Me gustó ❤ te juro que me lloré todo ��������

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  3. No quiero que llegue el final �� no dejes de escribir nunca, tenes muy buena forma de expresarte y plantear muchas realidades tan bien, siempre tenes las palabras justas ����

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