viernes, 29 de julio de 2016

La despedida más triste.

Nunca creí que te ibas a ir así de mi vida, sin darme un último beso, un último abrazo, un último consejo, una última sonrisa. Tu ida fue tan inesperada que duele más que nada en este mundo.
Me quedaban tantas cosas para decirte, tantos chistes que contarte, tantos mimos que hacerte, tantas risas que regalarte, tantas canciones que mostrarte… y ya es tarde, porque no estás.

Te extraño. Extraño tu voz, tus ojos brillosos por felicidad, tus gritos, tus mensajes llenos de amor. Extraño tu presencia. Extraño tenerte cerca.
Pero ya te fuiste, y no hay nada que pueda hacer contra eso. No solo te fuiste de mi vida, sino también de la vida de todos los que te queremos (hoy y siempre). Y puedo jurar que todos te necesitamos, que todos daríamos lo que fuere por tenerte otra vez acá.

Ahora solo me queda decirte gracias. Gracias por escucharme, gracias por tus comidas, gracias por tus retos, gracias por tus regalos, gracias por estar a mi lado cuando nadie más lo hizo. No te merecías un final así (de hecho, vos no merecías tener un final), pero hay cosas que solo pasan y no se puede hacer nada para remediarlas.

Te quiero, te amo, ¡me hacés mucha falta!
Ya nos veremos en otra vida,
más unidos,
más felices,
más cerca.


-Luli.

sábado, 23 de julio de 2016

Sos inolvidable.

Ya no te quiero como antes ni tampoco miro nuestras fotos juntos. Tampoco me hacen llorar las canciones que antes me recordaban a vos y ni siquiera visito los lugares donde vos solés ir.
Pero sí admito que, a veces, te pienso. Te pienso y sonrío. Y recuerdo, y río, y soy feliz por varios minutos. Porque ya nada es como antes, ni nunca algo va a ser como anteriormente lo fue, pero sin embargo, así estoy bien. Ya no te necesito, no te quiero en mi vida; a veces es mejor tener a las personas como recuerdos, y vos sos uno de los mejores.

Me pregunto sobre vos, sobre qué sería de nosotros si aún estaríamos juntos, sobre qué hubiese pasado si no nos alejábamos. Me torturo un poco, pero no de mala manera, porque siempre vas a ocupar parte de mi mente y, también, de mi vida.

Sos imposible de olvidar, como tantas otras cosas,
y por eso cuando escucho tu nombre,
sonrío.

-Luli.

viernes, 22 de julio de 2016

Infidelidad.

Todavía no sé porqué lo hiciste. Seguramente no fui suficiente para vos, quizá necesitabas más y yo no pude darte lo que te faltaba. Pero hubiese sido más fácil que me dijeras, que me confiaras lo que sentías, que me cortaras todo de raíz.
Y claro, no lo hiciste.
Porque mis sentimientos hacia vos no te importaron absolutamente nada. Yo fui la última persona en la que pensaste esa noche que me cagaste, y no tengo dudas en que también fui la última en enterarme, como siempre.
No solo tuve que soportar que te cagaras en nuestra relación, sino que también tuve que soportar ser la única en no saberlo. Porque todos se reían de mí, de mi ingenuidad, se preguntaban por qué confié en alguien como vos, me querían ayudar y yo lo impedía. Estaba cegada.
Y yo no quise escuchar a nadie, solo me arriesgué a lo que me pasaba con vos. Y nos la jugamos, pero yo un poquito más. ¿Por qué? Porque nunca te cagué, porque siempre fuiste mi prioridad, porque mis ojos existían para mirar a los tuyos.


Por lo tanto acá estoy, odiándote cada día un poco más y queriéndome otro poco. La vida me demostró que confiar en alguien que te da motivos para no hacerlo, es malo, muy malo. Pero yo quise desafiarla, y así me fue.


-Luli.

martes, 19 de julio de 2016

Improvisando mi adolescencia - Capítulo 50 (final).

Querido diario: Te vuelvo a escribir, y qué raro se siente. Como cuando no ves a una persona hace mucho tiempo y, por cosa del destino, te la encontrás en la calle. O como cuando ponés tu música en aleatorio y, por cosa del destino, comienza a sonar esa canción que tal vez era mejor no escuchar.
Creo que por eso te encontré: por cosa del destino. Estaba revolviendo las cajas que tengo debajo de mi cama y, sin querer, abrí una. Y ahí estabas vos, mi fiel confidente. Lo extraño es que, horas antes, había estado pensando en los últimos años que pasé en Recoleta… Tantos recuerdos, tantas emociones, tantas cosas se me vinieron a la mente.
Y es que tuve que releerte todo, desde que comencé a escribirlo con dieciséis años y mi vida era relativamente normal hasta cuando fui a buscar a Agus a su casa. La página final fue esa, porque nunca más había vuelto a escribirte (hasta el día de hoy). Si mi memoria no me falla, esa misma noche cuando llegué a casa decidí eliminar de mi vida todo aquello que no aportaba nada, y evidentemente vos, diario querido, eras eso. Una acumulación de recuerdos que era mejor olvidar, porque mi adolescencia no fue la más bella ni la más relatada por todos. No, nada de eso. Así que supongo que opté por guardarte en una caja que años más tarde sería encontrado por la protagonista. Cosas del destino, sí.

Bueno, supongo que las páginas que sobran necesitan ser completadas con el fin de mi adolescencia y el comienzo de mi vida como… no, mayor no. A ver, cumplí diecinueve la semana pasada, mayor no soy. Adolescente tampoco. En fin. El comienzo de mi vida nueva, una vida diferente a la que tenía pensado.
Seguramente te intrigan muchas cosas (o personas, mejor dicho) que, al final, quedaron inconclusas: Agustín, Joaquín, Zoe, mamá, Paula. Ahora que me pongo a pensar, tenía un quilombo mental interno terrible.

Empecemos por lo más importante y, también, más doloroso. Toda mi adolescencia creí que las personas que más me amaban, jamás me dejarían. Hasta que caí en la cuenta de que siempre (aunque no me guste) me van a dejar por diversas razones, ya sea una mudanza, un distanciamiento, una pelea, o simplemente… una ausencia física (¡pero no emocional!). Porque eso pasó con mamá: me dejó acá sin su presencia, con todos mis mambos y cierta felicidad, pero su alma siempre me acompaña y jamás me deja sola. Y si bien extraño cada día más sus abrazos, sus lágrimas, sus contenciones, sus comidas, sus frases, su risa, su mirada, siempre tuve claro que algún día iba a pasar. Porque “cáncer”, lamentablemente, no es solo un signo zodiacal, y es más jodido de lo que vos creés. Porque, lamentablemente, hay cosas que son y no se pueden evitar por más veces que intentes. Y eso me tocó a mí: aceptar y seguir adelante.
Apenas llegué a casa ese 15 de julio de 2016, agarré mi cuaderno (donde aún hoy escribo frases y hago dibujos) y coloqué con mi mejor letra, lo que mamá me había dicho esa tarde en el hospital: que siempre haga lo que me hace feliz, que no me deje llevar por el resto, que cuide a los que amo y que me decida en el terreno amoroso. Recuerdo que al escribirlo, sonreía. Algo dentro de mí me decía que tuviera paciencia, que todo se solucionaría, pero no siempre las soluciones son las que esperamos o las que queremos.

—Ju, llamaron del Hospital.

Me dijo papá despertándome en la madrugada del día siguiente. Su cara lo decía todo, pero yo no podía aceptarlo.

—Callate —empecé a gritarle.

Y me calmó, como siempre hizo y sigue haciendo cada vez que necesito apoyo.
Y me traumé. Y lloré, lloré, lloré. Y quería desaparecer, quería irme con ella.

—Mamá no pudo salir, mi amor.

En ese momento grité más que nunca en mi vida. ¿Acaso ella había hecho algo muy malo como para merecer eso? ¿O su familia, nosotros, yo, no la cuidamos como lo necesitaba? No sé. Muchas preguntas ocuparon mi mente, pero ninguna podía (y de hecho, ahora tampoco puede) ser respondida.

De ese día recuerdo poco. Después de la noticia, no pude pegar un ojo en toda la noche y con Nico nos fuimos hasta el Hospital. Estuvimos ahí muchas horas, hasta que papá nos encontró y se quedó con nosotros. También me acuerdo que no fui a la escuela por bastante tiempo, pero Luz y Fio estuvieron a mi lado incondicionalmente ayudándome en cada cosa que necesitaba. Y que tres días después del fallecimiento de mamá, me tatué en el omóplato derecho “Felicidad” en honor a ella y a sus últimas palabras hacia mí.
Los primeros meses era todo tan difícil. Pero tan, tan, tan difícil que pensaba que no me recuperaría nunca. Y mirame, acá estoy, más fuerte que nunca; lo que no me mató, me fortaleció. Además, la convivencia con papá y Nico no ayudaba demasiado, hasta que mi hermano se mudó cerca de casa con uno de sus mejores amigos.
Iba un día por medio al cementerio donde mamá se encontraba, pero después de un tiempo me di cuenta de que eso me hacía diez veces peor, así que desde ese momento hasta ahora, trato de ir dos veces por mes. Y ahí descargo todas mis emociones hacia ella, le cuento cómo va mi vida, cómo estamos todos mientras ella nos mira y nos apoya. Va a sonar raro, pero cuando necesito un consejo con mucha urgencia y solo sé que es mamá la que puede dármelo, voy a visitarla y miro su tumba (odio esa palabra, la odio) hasta sentir sus palabras. Es decir, yo sé qué haría mamá en mi lugar, y tomo eso como su consejo. Y me voy, feliz… porque sé que estaría orgullosa de mí.


Relaciones amorosas. Ahora que me toca contarte esta parte, me puse a pensar en cómo la vida te da giros totalmente inesperados y uno, quiera o no, tiene que estar preparado para ellos; pueden golpearte o levantarte, pero siempre te van a cambiar. Por ejemplo: yo, con apenas quince años (o quizá un poco menos), podría haber jurado que Joaquín en el futuro sería mi esposo, el padre de mis hijos, el amor de vida. Menos mal que no juré ni prometí nada, me hubiese ido mal.
Lo último que supiste sobre mis amores fue que aparecí en la casa de Agustín y fin. Bueno, acá viene la parte linda de mi vida. Para mí siempre hay que arriesgar, porque más de lo perdido no vamos a perder. Nunca. Y eso hice ese día, lo recuerdo como si hubiese sido ayer (menos mal).

—Te necesito —le dije.

Su mamá entendió que la conversación se tornaría seria y se fue al piso de arriba.

—Los dos hicimos las cosas mal. Muy mal. Lo admitiste vos y ahora lo hago yo. Pero te quiero, y las segundas oportunidades me gustan.

Sus dientes completamente blancos. Su sonrisa hermosa. Sus labios acercándose a los míos. Y ahora sonrío, porque no me arrepiento de haberme arriesgado y de haber formado algo tan lindo con él.

Cuando mamá falleció, Agus fue el primero en estar para mí. Se quedaba en casa, me buscaba las tareas del colegio, me acompañaba a todos lados. Él es ese tipo de compañía que te hace olvidar un ratito lo malo y te recuerda que hay mil motivos más para salir adelante, y siempre le voy a estar agradecida por eso.
Hacemos un buen dúo y muchos de nuestros conocidos opinan lo mismo. Hay química, mucha, y después de unos tres meses de estar saliendo, comenzamos a entendernos con la mirada. Para mí, eso es lo más lindo de una pareja: que con solo mirarse, ya se comprendan.
Al principio, a papá y a Nico les costaba aceptar todo el cambio amoroso que mi vida estaba transitando. Estaban muy acostumbrados a Joaquín, a su personalidad, a la confianza que había entre los tres. El recibir a una persona totalmente desconocida para ellos y tener que comenzar de cero, les fue demasiado chocante, además de que Agus es completamente diferente a Joaquín. Y esa fue una de las primeras cosas que les pedí a papá y a mi hermano: que no compararan.
Claramente todo está saliendo genial, porque ahora van juntos a la cancha, Nico lo invita a ver partidos de básquet y hasta a jugar a la play. Me encanta. Y papá, bueno, sigue en un proceso de asimilación, aunque creo yo… va a durarle mucho tiempo más.
Antes de llevar a cabo una relación “seria”, Agus y yo aclaramos varios tantos, empezando por Paula. Ya no me quedan dudas sobre ese tema y cada día me demuestra lo mucho que me quiere (cuando te demuestran, ya no hay que dudar más).


Paula… Qué tema jodido este. No sigo resentida por lo que pasó hace tres años, no. De hecho, hoy le agradezco inmensamente por ese plan estúpido que creó en su adolescencia porque por eso estoy feliz. Ahora, yendo a lo importante, ella estuvo junto a mí cuando ocurrió todo lo de mamá y parecía que las cosas iban a encaminarse. Siempre me pidió perdón, y yo tenía intenciones de que regresara a mi vida, hasta que me enteré que había comenzado a salir con Joaquín. Y ahí tuve que hacer una pausa enorme porque no lograba entender qué tan garcas pueden llegar a ser las personas. Sin embargo, mis otros amigos me decían que lo pensara, que podíamos volver a ser el grupo grande de siempre… Pero yo no quería eso, no me interesaba en realidad, y ahí comencé a comprender que la calidad de mis amistades siempre va a ser mejor que la cantidad de ellas.
A ver, está bien, yo ya estaba con Agustín y todo lo que quieras, pero… ¿era necesario? ¡Fuimos amigas por un montón de años! ¡No te podés cagar en una persona de esa forma! Actualmente estoy feliz por mi ex, porque no solo siguen juntos sino que ella se fue a estudiar al sur para que puedan comenzar a convivir. Después de eso no supe más nada, y tampoco me interesa.


Ojalá todos tengan la oportunidad de conocer a alguien que, en muy poco tiempo, les cambie la forma de ver la vida. A alguien que con solo tres oraciones les haga pensar en todo lo que estuvieron haciendo mal para que corran y arreglen la situación. A alguien que, aunque no vean seguido, sepan que va a estar incondicionalmente. A alguien que al principio parece ser su opuesto pero, a medida que pasa el tiempo, es como sus otros “yo”.

No hablo de Agustín. Hablo de Zoe.

¿Podés creer que todavía seguimos siendo amigas? Tiene un potencial tan enorme, una actitud tan sana y una sonrisa tan llenadora que decís “esta chica tiene que estar en mi vida”. Hasta el día de hoy, ni ella ni yo, podemos entender cómo es que en pocos días de charla nos volvimos tan importantes la una para la otra. Si bien ella está viviendo en México con su amigo (sí, cumplió su sueño de alejarse de las malas vibras), siempre que tiene oportunidad viene a verme. Y por suerte existen Skype, Twitter y todas las redes sociales.
Hay algo que no mencioné anteriormente porque estaba esperando la parte en la que me tocara hablar sobre Zoe, y es que ella fue la que, en cierto modo, me motivó a salir adelante. El día que llegamos del campo, cuando yo estaba por ingresar a la habitación del Hospital con mamá, ella me dejó un sobre en la sala de espera y se fue.
Ese sobre me lo dio papá un día después del fallecimiento de mamá, tal cual le había pedido Zoe a él. “Tu amiga me pidió que te entregara esta carta veinticuatro horas después de la ausencia de Sara”, me dijo. Y claro: al principio no quería leerla, porque sabía que las palabras iban a ser tan sabias que solo me quedaría aceptarlas y comenzar desde cero. Reflexioné y la leí. Menos mal. La voy a buscar y la voy a pegar en esta hoja como recuerdo.

“Antes que nada, lo lamento. No sé si vas a leer esto el mismo día que se la di a tu papá, o si el día siguiente o si en un mes, pero espero que falte mucho.
Cuando era más pendeja y miraba novelas, siempre me preguntaba por qué las peores cosas les pasan a las mejores personas. Y hoy, después de muchos años, me respondo que es para fortalecerlas. Porque vos vas a salir de esta como pudiste salir de tantas, porque sos fuerte. Porque lo que más quiso tu mamá para vos es tu felicidad, y vos a partir de hoy vas a tener que hacer hasta lo imposible para cumplirle eso. Y confío profundamente en que vas a conseguirla y sé que jamás la decepcionarías.
Entiendo que tengas un dolor muy inmenso en tu alma y que por más que pasen los años, ese dolor va a seguir presente. Pero ahora vos tenés que entender que llorando no vas a lograr nada; de hecho, estás perdiendo tiempo en conseguir la felicidad que tu mamá tanto desea para vos. Así que dale, amiga, afrontá esto con tu mejor sonrisa y salí a demostrarles a todos que hasta en los peores momentos se puede salir adelante. Porque vos acá viniste a cumplir un objetivo, y es hacerte feliz y también poder hacer felices a los que te rodean. Y tu mamá está más cerca tuyo de lo que te imaginás, ¡tenés que correr y apurarte!
Vos podés. Confío en vos. Confío en que tu mamá nunca te va a soltar la mano, ¡sostenete en ella! No caigas. Nunca.
Te quiero. Y leé esto cada vez que lo necesites, porque sé que mis palabras te abren un poquito la cabeza.


Estemos donde estemos, voy a estar cerca tuyo. ¡Siempre!

Zoe.



Estoy llorando. Cada vez que tengo la hermosa oportunidad de leer esto, lloro. Porque es profundo, real, sincero. Es la verdad expresada en palabras, y pocas personas logran eso.
Recuerdo patentemente que después de haberla leído y llorar durante varios minutos, la llamé a su celular más de quince veces y ninguna atendió. Insistí por muchísimos días pero no daba señales de vida, hasta que un sábado que parecía ser como cualquier otro, apareció por casa y me dio el mejor abrazo que no había recibido en meses. Se quedó un par de semanas con nosotros para después partir a México, y antes de hacerlo, me confesó que el dibujo del mundo hecho en flores que me había colocado en la carta, lo había hecho ella.

No quería ponerme tan sensible terminando esta etapa de mi adolescencia, pero siempre que se cierra una puerta se derraman algunas lágrimas (aún sabiendo que una puerta nueva está a punto de abrirse).


Te cuento un poquito de mi yo actual: cuando empecé el último año de la secundaria con más energías que nunca, tuve que decidir con seriedad qué carrera seguir (o decidir si trabajar) y si viajaría a Bariloche, porque todavía no había firmado con la empresa y cada vez quedaban menos meses. Después de mucho pensarlo, elegí no viajar y ahorrar dinero para mis estudios, aparte seguía mal por lo de mamá y no me interesaba una semana de joda. Respecto a la carrera, opté por lo que tanto quería sin la oposición de nadie: Traductorado de inglés.

Ya casi a mitad de ese año, llegué a casa y papá me dijo que tenía una sorpresa para mí pero que iba a dármela con la condición de que no preguntara qué era. Difícil, pero no imposible. Nos subimos al auto e hicimos un trayecto bastante largo, casi una hora.
Estacionamos en una calle muy tranquila de la ciudad de La Plata, una de mis favoritas desde siempre. No entendía nada y realmente quería sorprenderme.

—Son tuyas —me dijo sonriente.

Y me entregó un juego de llaves. Empecé a mirar para todos lados creyendo que era una broma, pero no, y enfrente de mí tenía un edificio enorme con mil ventanas y muchos departamentos. Y uno de ellos sería mío.
Así que desde ese lugar te escribo, desde mi propio departamento a varios kilómetros de mi familia. Me encanta, es hermoso, muy amplio y muy yo. Tiene cuadros con frases por todos lados, dibujos míos colgados, plantitas. Me transmite paz y me da muchísimo gusto poder disfrutarlo.

Me corté el cabello hasta la nuca (sí, me lo corté yo sola) y amo cómo me queda. Parezco otra, pero en el fondo… sigo siendo la misma de siempre. Mi estilo de vida es el que cambió, aunque eso era obvio que pasaría. También sigo fumando, pero trato de no hacerlo tan seguido. Y estoy pensando en hacerme otro tatuaje, así que pienso releerte, querido diario, para encontrar frases lindas y significativas para mí. Pronto vuelvo renovada.

Ya estoy en el segundo año de la carrera, es bastante complicada pero cuando estoy por decaer pienso en mamá y en Zoe. Y sigo, aunque tenga que tomar quince cafés, aunque tenga que perderme las mejores fiestas, aunque no pueda salir con Agus… porque sé que voy a conseguir lo que quiero, que es recibirme. Y en la búsqueda de mi título como traductora, también me choqué con la búsqueda de mi felicidad. Ambas cuestan, pero se pueden conseguir.

Ya que nombré a Agus, aprovecho a contar que está estudiando Profesorado de Educación Física en La Plata también, a tres cuadras de mi departamento. También tengo cerca a Fio que está estudiando Psicología (¡y se puso de novia con Mateooo!) y a Luz, que decidió comenzar a trabajar en la empresa de sus papás.
Como mencioné antes, Nico se fue a vivir con un amigo a pocas cuadras de nuestra casa en Recoleta. Se está dedicando al básquet y le va genial, al fin y al cabo, después de tanto juzgarlo, creo que esa siempre fue su vocación. Hasta donde yo sé, está soltero, pero siempre tiene alguna chica dando vueltas.

Mi viejito hermoso… El más fuerte de este diario. Tuvo que recurrir a un psicólogo durante mucho tiempo para poder superar todo lo de mamá, y ahora está bien. Pero siempre se puede estar mejor. De hecho, después de tres años en soledad, está conociendo a una mujer muy adorable. Al principio me puse celosa y me enojé bastante, pero él se merece ser tan feliz como yo, o incluso más.


Una nostalgia enorme haber terminado las pocas hojas que te quedaban. Pero a la vez estoy muy orgullosa de todas las cosas que logré, y tenerlas escritas… me llena un poquito el alma. Porque en un futuro pienso compartirles este pequeño gran quilombo a mis hijos, porque hay recuerdos que jamás se borran pero tenerlos escritos te hacen poner la piel de gallina.
Porque el final de este diario no había sido el mejor de todos, pero que no haya sido no quiere decir que no será.
Porque tener presente lo que alguna vez fui, me hace entender lo que soy hoy y lo que voy a ser siempre. Porque pueden venir algunos e irse otros, pueden hacerte sufrir y después te vas a levantar, pero hay que entender que la vida es cuestión de hacer: arriesgar, experimentar y descartar.

No tengamos miedo de improvisar cada cosa que hacemos, decimos o sentimos, recordemos que lo que nos sorprende es lo que nos marca.
Te lo dice alguien que apoya fielmente a las improvisaciones. Confiá.

Ayer, hoy y siempre,
Julia. ♥

P.D.: Dejo el diario sin llave, nunca se sabe cuándo puede volver a abrirse.

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Qué emoción y qué raro se siente haber terminado con esto tan lindo que empezó un 14 de enero de este año. Sinceramente, nunca imaginé que generaría tanto en las seguidoras del blog, que empezarían a hablarme por y sobre la novela o que tuitearían frases que les gustaron de los capítulos.
Y seguramente ustedes no se imaginan cuánto me gustó escribirla, ni cuánto lloré al hacer ciertas partes. Me he dormido a cualquieeer hora los días de semana solo para analizar cómo continuaría la vida de Julia, o para decidir con quién se quedaría; o para elegir un final que les deje algo, que les haga reflexionar, que les haga observar ciertos aspectos de su vida con una mirada diferente. 
Tampoco se deben imaginar la cantidad de mensajitos que llegaron a la cuenta (e incluso a mi Twitter privado) para que Improvisando mi adolescencia no terminara, o simplemente para felicitarme y darme las gracias por haberla hecho. 
Pero, la verdad, es que las gracias más grandes se las llevan ustedes, los que me apoyaron desde el minuto cero y los que recién se sumaron a la lectura. Y la felicidad mayor me la gano yo al saber que les gustó lo que hice, lo que tanto tiempo me llevó pensar y lo que con tanto amor terminé.
Como dijo Julia, el diario queda sin llave... ¡hay capítulos que nunca cierran!

-Luli .

domingo, 17 de julio de 2016

Queriendo superar(te).

Ya no lloro más por vos, quedate tranquilo. Ni siquiera sos el tema principal de conversación con mis amigas. Ni con mamá, ni con mi hermana ni con nadie.
Tampoco escucho canciones que me recuerden a vos, a nosotros. No, ya superé eso. Ahora me dedico a escuchar temas que me levanten el ánimo y describan mi felicidad actual.
Muy de vez en cuando escribo sobre vos y sobre lo que fuiste para mí, porque sí, a veces es necesario revolver el cajón de los recuerdos y sacar un poco el polvo que estos traen. Pero ojo, no siempre.
Ya no te llamo cuando voy a una joda con mis amigas, ni te mando mensajes perdiendo mi dignidad una vez más, ni te pregunto a dónde salís el finde. No, ya no. Tampoco se me retuerce el estómago cuando escucho tu nombre, ni tengo ganas de salir a buscarte.
¿Si extraño tus besos, tus abrazos, tus caricias? No, nada que ver. Me hacían bien, pero ahora otras cosas los suplantan; como las risas con la gente que quiero, como leer un buen libro o como escuchar el sonido de la lluvia.

Ahora volvamos a la realidad, a lo que realmente pasa. Dejemos de hablar boludeces, porque admito que al no tenerte cada día, todo  se me hace  más difícil, pero sé que voy a poder salir de esta (como salí de muchas).

Supongo que esto es parte de lo que llaman enamorarse.

-Luli.

viernes, 15 de julio de 2016

Improvisando mi adolescencia – Capítulo 49 (penúltimo).

Mi cabeza no reaccionaba, y mi cuerpo tampoco. Sentía que era un sueño del que jamás iba a poder despertarme porque no solo le afectaba a mamá, sino que también a nosotros, los que la amamos.

—¿En serio? ¿Cuándo? —pregunté angustiada.
—Anoche, linda. Te llamamos una vez a tu celular, pero no respondiste y no quisimos seguir insis…

La interrumpí.

—¡Abuela, hubieses llamado doscientas veces si era necesario! ¡Es mamá! —grité eufórica como si todo fuera su culpa. —¡Vayámonos de acá!

Dejó salir algunas lágrimas de sus ojos y después entendí que ella no había sido la culpable e incluso pensé que debo cambiar mis formas de tratar a la gente en momentos tensos como aquel.
Agarré todas mis pertenencias lo más rápido que pude y me subí al auto. Mis abuelos seguían en la casa buscando lo que faltaba. En ese instante decidí llamar a Zoe, si es que alcanzaba señal, porque ella tenía una palabra justa para todo.

“Atendeme, atendeme, atendeme”, decía en voz baja.

—¿Hola? ¿Hola? ¡Se escucha mal!
—¿Ju?
—¡Zoe! ¡Me estoy volviendo a Buenos Aires!

Se escuchaba pésimo, pero necesitaba que me dijera al menos dos palabras. Que me curaran. Que me salvaran.

—¿Qué pasó?
—Internaron a mamá de urgencia. Estoy muy mal, no sé qué hacer.

Mi voz se retorció como un pañuelo hasta quebrar. Y mis lágrimas se hicieron notar fuertemente.

—Pará, tranquila. ¿Ya te fuiste?
—No.
—Estoy en el auto, voy para lo de tus abuelos y te acompaño.
—¿¡Estás loca!? —grité. —¡Vos mañana tenés tu viaje!
—El viaje se puede pasar para la otra semana, mi apoyo hacia vos, no. Esperame, por favor.

Le corté y apagué mi celular. El miedo me estaba consumiendo; el temor a quedarme sola, la tristeza de que le pasara algo a la mujer que más amo, la necesidad de que no se vaya.
Salí de mis pensamientos al ver a mis abuelos acercándose al auto, los dos llenos de dolor y también miedo, como yo. Se subieron.

—Ya estamos listos para volver —dijo él.
—¡No, paren dos segundos! —rogué.

Ellos se miraron sin entender.

—Está llegando una amiga. Por favor, esperen. La necesito.

Me acariciaron la cabeza y esperamos. Diez segundos, treinta segundos, un minuto. Y llegó.
Se bajó de su auto muy velozmente, avanzó corriendo hacia donde estaba yo y, sin aviso alguno, subió. Y me abrazó. Y puedo jurar que jamás me sentí tan acompañada.

—Perdón. Hola —dijo rápido.

Mis abuelos sonrieron, parecían orgullosos. Y sin decir más nada, nos fuimos.

Había silencios eternos y otros que eran cortados por el abuelo o por Zoe. Me sacaron algunas sonrisas, pero eso no significaba que estaba mejor. De hecho, me sentía peor. Porque cada vez estaba más cerca de llegar adonde estaba mamá y eso significaba estar más cerca del dolor. Más cerca de ver la realidad.
Y pensar que yo había decidido escapar de todo aquello. Me sentía muy egoísta, ¿cómo se me había ocurrido dejar a mi familia cuando mamá estaba con cáncer? Solo pensé en mí y no en la gente que quería. Y si bien a veces es necesario, ese no había sido el caso. Porque si me hubiese quedado en la ciudad, quizá las cosas eran diferentes. Porque si no me hubiese ido, quizá sufría(mos) menos. Pero los “hubieses” no existen.

Zoe pareció leer mis pensamientos.

—Dejá de culparte. Esto pasó porque así tenía que ser, porque es una enfermedad y se sobrelleva como se puede.

Le sonreí y volví a mirar por la ventana hasta quedarme dormida.


—Chicas, llegamos. Juli, por favor entrá calmada, ¿sí? —me pidió la abuela.

Asentí sin darle importancia, me desabroché el cinturón del auto y me bajé corriendo.


—Mi mamá está internada, tiene cáncer. ¡Viajé tres putas horas para poder verla, me llegás a decir que no puedo y tiro esta clínica abajo! —le grité al primer doctor que vi pasar.

Me miró con pena, creo. Aparecieron mis abuelos y Zoe, pidieron que me calmara y el doctor miró un informe.

—Piso dos, sala treinta y ocho. Solo familiares directos.

Salí corriendo y le grité “imbécil”. Ahora también me arrepiento, claro, pero en momentos como esos… puedo asegurar que nadie piensa qué decir. Solo descarga su bronca con palabras sin sentido e incluso, a veces, hirientes.

—¡Pá! —exclamé aliviada al ver a mi papá sentado en el pasillo.

Levantó su cabeza y se paró para darme un beso y un abrazo muy reconfortante. Nos quedamos así varios minutos hasta que nos separó la abuela.

—¿Cómo está Sara? —preguntó.
—Vení —le respondió.

Y se alejaron. Y hablaron en privado como si yo no pudiera entender las cosas. Y me dolió, ¡porque soy su hija!

—Vení para acá —me dijo Zoe agarrándome del brazo al ver que me estaba yendo hacia ellos.
—¡Boluda, tengo todo el derecho de saber qué mierda pasa! —le grité.

Me abrazó.

—Ya sé, y te entiendo. Pero dale un poco de tiempo, hay que asimilar todo esto.

Apareció Nico con una botella de agua y dos chocolates. No recuerdo otro momento en el que me haya sentido tan feliz de verlo.
Me sonrió y se acercó corriendo hacia mí.

—No sabía que venías —soltó. —Menos mal que estás.
—Ella es Zoe —dije presentándola—, una amiga.

Se saludaron muy simpáticos. En menos de tres segundos los imaginé juntos y logré sacarme una sonrisa.


—¿Qué sabés de mamá? —pregunté después de un rato.
—Lo mismo que vos, supongo. Nada.

Media hora después volvió papá junto con la abuela y ella decidió irse a su casa con el abuelo. El ambiente no le gustaba y sentía que estando allí no ayudaba en nada. Me ofrecieron salir un rato, pero no acepté. Eso era lo último que quería.

—¿Pueden venir? —nos preguntó papá a Nico y a mí.

Los dos nos paramos y miré hacia atrás, donde estaba Zoe. Tenía miedo, no quería escuchar más nada. Ella me dio paz a través de una sonrisa.

—Los doctores dijeron que podemos pasar un rato, y quiero que entren ustedes primero.

Nico me miró y me pidió que lo hiciera yo.

—No voy a entrar hasta que no me digas qué sabés —le dije a mi papá.

Él comenzó a revolear los ojos, se cruzó de brazos y hasta tomó agua. Todo eso para evitar mi pregunta, la cual tenía que ser respondida sí o sí.

—Es una situación muy jodida. Grave —comentó.
—Eso ya lo sabemos. Danos datos concretos —pidió mi hermano.
—Es que no sé cómo decirles todo esto, hijo.

Pensó y pensó. Cinco minutos, tal vez.

—Hay muy pocas probabilidades de que salga de… —pausó— esto.

Y mi mundo volvió a derrumbarse igual o aún más que cuando me enteré lo de su enfermedad. Mis ganas de vivir, reír, salir y disfrutar desaparecieron automáticamente. Me quería hacer la fuerte manteniendo las lágrimas en mis ojos, pero fue en vano porque no funcionó ni un poco.
¿Nunca te pasó que en las situaciones menos apropiadas te ponés a pensar en cosas que te hacen llorar (quizás más)? Así estaba yo. Me senté en el piso y, sin querer, en mi cabeza comenzaron a resonar momentos hermosos que había pasado con mamá: desde días de compras hasta noches de charlas.

—Dale, Ju, entrá —insistía Nico.

Le hice caso y me prometí ser fuerte. Era la única manera de sobrevivir a eso. Antes de hacerlo, volví a mirar hacia atrás en busca de la sonrisa de Zoe pero no la encontré. Ni a sus dientes blancos ni a ella, pero no me preocupé; seguro quería dejarnos solos para no molestar.


—Hola —saludé al ingresar.

Y volví a ver sus ojos chiquitos, su sonrisa hermosa, su cabello muy muy muy corto, su piel blanca, sus huesitos, sus ojeras. Seguía siendo la más linda, eso no cambiaría. Nunca.

—Te amo —me dijo.

Corrí hacia ella y le di un beso en la frente. Acerqué un banquito a la camilla.

—¿Qué pasó, má? —le pregunté casi sin voz.
—Yo sabía que esto iba a pasar. Perdón —pausó. —En realidad todos sabíamos —se corrigió—, por eso hablamos con tus abuelos para que vayas al campo. Pero lo que nadie sabía es que esto llegaría tan rápido.

Me sentí traicionada. Lo único que yo quería era ayudar y hacerle bien, pero evidentemente eso no servía. Pensé dos segundos antes de hablar y recordé las palabras de Zoe de la noche anterior: “ella solo quiere verte bien”.

—Mamá, sabés que te amo, ¡yo quería estar con vos en todo momento!
—No me digas esto, por favor, hija —dijo entre lágrimas. —Estoy arrepentida, pero ahora estamos juntas. Más juntas que nunca. Y eso es lo que importa.

La abracé como pude ignorando por completo los cables que se encontraban a su alrededor.
Le conté un poco sobre mis días en el campo y se acordaba perfectamente de la hija de Irina, tanto que le sacó una sonrisa saber que se encontraba en el pasillo acompañándonos.

—Mi amor, necesito decirte algo por si esta es la última vez que puedo hablar con vos.

Oír eso me destruyó el alma, pero era la realidad a la que me estaba afrontando. Todos, incluso yo, sabíamos que tarde o temprano eso pasaría. Pero me había cegado tanto al no querer aceptarlo que todo se me complicó el doble.

—Decime —le dije al cabo de unos minutos.
—Te pido por favor que siempre, siempre, siempre hagas lo que te hace feliz. Que no te dejes llevar por el resto si vos buscás felicidad, ¿sí?

Asentí mirando el techo. Mirarla me dolía cada vez más.

—Que cuides a papá, a Nico, a los abuelos y a toda la gente que amás —continuó.

Volví a asentir.

—Y mirame que esto es importante —suplicó tomándome las dos manos.

La miré y lloré. Pero la escuché.

—No me incumbe si seguís amando a Joaquín o si te gusta Agustín, pero jugatela por alguno de los dos que mi intuición de madre dice que los dos te adoran.

Cierto. Todavía tenía asuntos pendientes con ellos.

—Basta con eso, má —dije.
—Te lo digo porque te amo y porque merecés ser la mujer más feliz de todas. Sos fuerte, hermosa, inteligente. Hacete valer por lo que sos, que nadie te diga que sos menos o que no podés con tal cosa. ¿Me escuchaste?

La abracé.

—Igual, creo que Agus se merece una oportunidad —soltó riéndose.

Y me reí con ella. Y disfruté ese momento más que ningún otro. Porque no sabemos cuánto pueden durarnos las mejores cosas.

—Pero, principalmente, no te pases los días mirando el reloj y llegando tarde a tu vida.


—Hola —saludé nerviosa.

Seguramente tenía el rímel de la noche anterior todo corrido, y la ropa sucia, mojada con lágrimas. No tenía dudas de que mi apariencia era desastrosa, y menos mal que mis pensamientos no pueden verse…

—¡Hola! —saludó. —¿Te conozco?

Era una mujer bellísima. Alta, de contextura mediana, con el cabello negro hasta los hombros y algunas arrugas que sabía lucirlas a la perfección. Un lunar debajo de sus labios le daba el toque de belleza. Tenía puesto un delantal, por lo que supuse que estaba interrumpiendo su comida.

—No creo —contesté. —En realidad estoy buscando a su hijo. Pero no importa, puedo pasar más tarde.
—¡Tuteame, linda! —pidió alegre. —¿Te sentís bien?

“¿Lo decís por mi pinta de loca? Soy así siempre, quedate tranquila”, pensé.

—No, no me siento bien —dije rápidamente. —Y esa es una de las razones por las que estoy buscando a Agustín.

Me sonrió y me dejó entrar en su casa. 
Me senté en un silloncito frente a un televisor apagado y la señora me pidió que esperara. Se fue.
La casa era hermosa, tanto por fuera como por dentro. Estaba pintada con colores cálidos y algunos tonos oscuros llegando a la parte de la cocina. Había un olor exquisito, parecía que la mujer estaba cocinando una torta, tal vez.

Continué observando la decoración y cada instante del hogar hasta que apareció él. 
El imperdonable, le dirán algunos.

Pero yo más que nadie sabía que todos cometemos errores.

Y que las segundas oportunidades
pueden valer la pena,
como pueden que no.
Pero hasta que no te arriesgás, no lo sabés.

Y eso hice. Por mamá, por Zoe y por mí. Porque al final, todos llegamos con un objetivo en común: ser y hacernos felices.


Luli / Improvisando mi adolescencia – Capítulo 49 (penúltimo).