miércoles, 29 de junio de 2016

Improvisando mi adolescencia – Capítulo 44.

Querido diario:
Pasaron varios días de ese acontecimiento. Dejé de escribirte porque, sinceramente, necesitaba mucho tiempo para mí sola. Para pensar, para reflexionar, para llorar en silencio, para reír recordando, para gritar de la bronca… Para descargar emociones.

Y me desperté. Agitada, con los ojos llorosos. La realidad se estaba mezclando con mi imaginación, ya no podía seguir así. Miré el reloj y eran las cuatro y media de la mañana. Automáticamente agarré mi celular y abrí WhatsApp. No tenía mensajes de Joaquín, que era lo que realmente me importaba.
De hecho, todavía me tenía bloqueada. Y yo como buena estúpida soñando con un reencuentro.
Y volví a llorar.
Pero a llorar en serio. Mil lágrimas por segundo caían de mis ojos, se deslizaban por mis mejillas, doblaban a la izquierda y caían en la almohada. Y a la mañana siguiente, mis recuerdos de esa noche quedaron guardados ahí: un secreto entre ella y yo.

Siempre pensé (y sigo pensando) que las mejores amistades no se crean con personas sino con objetos o cosas inanimadas. Un libro, un cd de música, una foto, una canción, una poesía, una palabra. ¿En mi caso? Mi almohada. Y hablo en serio, de nuevo.


—Hija, despertate —dijo mamá esa mañana. —¿Estás bien?

Me refregué los ojos y me senté en la cama.

—Hola, má. Sí —respondí sonriendo falsamente.

Levantó una ceja. No me creía, obvio.

—Tenés los ojos hinchadísimos, Julita, ¿qué te pasó?

Suspiré y volví a llorar. ¡Tan sensible iba a estar!

—Mamá, me siento mal —dije con la voz entrecortada—. Todo empeora, empeora y sigue empeorando. Morirme sería mejor que estar acá.

Un segundo después de haber dicho eso, no pude evitar arrepentirme. ¡Cómo le iba a decir eso a mi mamá, que está sufriendo de cáncer, que solo intentaba ayudarme y yo la tiré abajo!

—No, pará, no quise decir eso —solté rápidamente mientras la abrazaba. —Vos me entendés.
—Sí, te entiendo. Pero hija, le estás dando demasiada importancia a algo que tiene que ser un recuerdo.

Nos quedamos hablando unos minutos hasta que llegamos a la conclusión de que me faltaban horas de descanso, últimamente tenía un insomnio terrible. Así que me dejó faltar, apagó la luz y se fue.


—¡Ah, hija, me acabo de acordar! —exclamó mamá mientras ponía en pausa Querido John.

Sí, nos cuesta despegarnos del masoquismo, eh.

—¿Qué pasó, má?

Me terminé despertando a las nueve de la mañana, pero bueno, algo es algo. Cuando fui a la cocina a desayunar, mamá estaba por empezar a ver la peli, así que la acompañé.

—Hoy tengo otra sesión con Mariela, mi psicóloga.

Sonreí.

—¡Qué bueno! Te hace bien, no dejes de ir.
—Sí —respondió extrañada. —No me digas que te olvidaste.
—¿Qué? ¿De qué? —pregunté tratando de recordar.

Me miró con decepción. O eso pensaba yo.

—¡Hija, te dije que tenemos que ir juntas a la próxima sesión y la próxima sesión es hoy! —dijo casi gritando.

Aparte de estúpida, mala hija también. Combo completo.
La abracé, le pedí perdón veinte veces y le dije que la acompañaría. Quizás me terminaba haciendo bien a mí misma.


Luz: Ami, por qué faltaste?? Te extrañamos!
Fio: Eso, nenaaa ♥ Pasó algo?
Luz: Tu mamá solo nos dijo que estabas cansada, pero…
Julia: Jajaja hola lindas. Sí, qué se yo, eso también. Ayer entré en crisis. Tuve un sueño horrible y, encima, lloré toda la noche. No le deseo a nadie estar en mi lugar
Fio: Ay gordita, nos hubieses llamado. Sabés que nos quedamos hasta cualquier hora mirando series
Luz: Ahora necesitás algo? Querés q pasemos?? Estamos en recreo todavía
Julia: Hoy no puedo, acompaño a mamá a la psicóloga. Pero si quieren cuando terminamos nos reunimos
Fio: Sííí, vengan a casa si quieren. Les cocino???
Luz: Noooo, nos vas a intoxicar!!!
Julia: Jajajaja les llevo algo. Ahora veo qué tengo en casa
Fio: Dale ♥♥
Fio: Luz dónde estás?? Te dije que me esperaras, ya salí del baño!
Luz: Ups, fui a comprar. Bancame
Julia: Tengo la necesidad de decirles que las adoro. Nos vemos después


—¿Cómo pasaron la mañana mis dos amores? —preguntó papá al entrar a casa.
—Bien, rompiendo las bolas —comentó Nico tan sutilmente. —¡Se largaron a llorar con la película Querido John, viejo!

Reímos todos, incluso él.

—Hija, pedí todo lo que hicieron hoy en clases, por favor —dijo papá.

Empezamos a comer la carne al horno con ensalada que habíamos hecho durante la mañana.

—Sí, después veo a las chicas así que tranqui.
—Después de acompañarme, ¿no? —cuestionó mamá preocupada.

Reí y asentí con la cabeza.

Les contamos a Nico y a papá lo de la sesión con la psicóloga y, como era de esperarse, mi hermano dijo “ni drogado asisto a lugares como esos”. Van a tener que obligarlo, lamento decirlo.

Después de almorzar fui a mi habitación a cambiarme (look acá) y a arreglarme un poco.
“Me cago en vos, en tu estado, en tu última conexión y en tu foto de mierda”, dije en voz alta al ver que Joaquín me seguía teniendo bloqueada. Así que decidí desactivar los datos móviles y desconectarme de toda esa alteración mental que estaba sufriendo.


—¿Puedo poner música? —le pregunté a mamá mientras íbamos en el auto hacia el consultorio.
—Sorprendeme —respondió alegre.

Saqué de la guantera un cd que yo misma había grabado (es decir, con mis temas preferidos) y fui al número dieciséis.

Flawless de The Neighbourhood. No sabés cómo te recomiendo esta canción, diario querido.

Ella no quiso que él corriera, él no quería que
ella se asustara.
Nadie dijo que sería fácil, ellos sabían que era brutal
pero, mala suerte, dice mi parte favorita.

—Nunca me mostraste este tema —comentó mamá mientras movía su cabeza al ritmo de la música.
Porque nunca me sentí tan mal como para enseñártelo”, pensé.
Pero no dije nada, solo sonreí y volví a mirar por la ventana.

—Bueno, llegamos. Tratala bien, sé respetuosa y si te pregunta cosas que te incomodan, tratá de respondarlas. Hacelo por mí aunque sea —me pidió.

Me dio un beso en la frente y encaramos al lugar.
Nos sentamos en unos banquitos que hay en el hall, se podría decir, y empezamos a charlar sobre esta banda que comenté anteriormente. La amo.

—Hola, Sara —se acercó la psicóloga al salir de su consultorio. —Ella debe ser la famosa Julia —dijo sonriendo.

Le devolví el gesto.

—Hola.

Entramos y unos aires de calma se acercaron a mí. Como que me sentí cuidada y protegida. Confiada.
Hablamos un poco sobre mi vida hasta que llegamos al caso de mamá, en el cual yo, según Mariela, estoy muy involucrada. Pero ella, al ser psicóloga, no puede contarme cosas sobre sus pacientes (aunque yo creo saber todo sobre mamá), por lo que nos pidió que empezáramos hablando sobre nuestra relación.
Quise comenzar yo. Me da orgullo hablar de ella. Y se notó bastante, porque a los dos minutos ya estaba llorando. Pero no sé si de emoción, de tristeza o todo junto. Un rato después, mamá fue opinando y diciendo cosas respecto al tema, lo cual me hizo sentir muy… llena. 

Mamá y yo hablábamos y Mariela solo anotaba. Nos miraba, pero no hacía gestos ni nada por el estilo. Escribía, borraba, tachaba, volvía a escribir. Hasta que nos pidió que paráramos.

—Julia, ¿vos vas al psicólogo?

Negué con la cabeza.

—Deberías.

La miré extrañada y esbocé una sonrisa desentendida.

—Te explico —comenzó. —Por lo que me diste a entender, cuando ni vos misma comprendés qué te pasa, tu mamá salta al rescate y te una mano gigante.
—Sí —sonreí. Y mamá también.
—Bueno. Yo, desde este lugar que ocupo, te digo que no es bueno tener una relación de amistad con una madre. Está perfecto que se lleven bien y se aconsejen, pero hasta cierto punto, ¿me entienden?

Asentimos.

—Por lo que, si te parece, te propongo que tengas una sesión solo conmigo, sin Sara. Porque debés tener amigos, otros familiares, novio quizá. Tenés que recurrir a otras personas, hay que tener límites.
—Yo creo que está bien —comentó mamá.
—Sí, yo igual —apoyé.

Mariela sonrió.

—Mirá, ahora no tengo turnos hasta la semana que viene. Pero, Sara, ¿te puedo dar un consejo? Desde mi lugar de madre, no de psicóloga.
—Por supuesto —respondió mamá.
—Julia lo que necesita son aires nuevos, gente nueva y lugares nuevos. Yo te recomendaría que la lleves de viaje, si tienen la posibilidad, claro, o al menos por acá cerca.

No pude evitar reír, pero de buena manera. Porque tenía razón.

 —Me encantaría, vos sabés cuánto —contestó mientras me acariciaba la cabeza. —Pero yo en este estado no puedo irme, mi marido trabaja más de lo que está en casa…

Mariela anotó.

—¿Y sola?
—¿Qué? ¿Que viaje sola? —repreguntó mamá.
—Sí. Con algún familiar con el que ella se sienta cómoda estaría bueno. Un campo, una chacra, un pueblo alejado.

Decidí meterme en la conversación porque estaban hablando de mí frente a mí.

—Bueno, Mariela, mis abuelos tienen campo a tres horas de acá.

Mariela sonrió y mamá cerró los ojos queriendo decir “¿en qué me vengo a meter?”

Luli / Improvisando mi adolescencia – Capítulo 44.

6 comentarios:

  1. Esperamos demasiado para poder leerlo y sin embargo no es muy interesante, saca el próximo ya!!!

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  2. Presionan mucho a Luli!! Ella también tiene vida personal, no puede estar todo el tiempo escribiendo, hace lo que puede. Opino igual que ustedes, esperamos mucho y el capítulo es algo corto, pero acuerdense de que tiene una VIDA y puede tardarse lo que quiera.

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  3. Seguí asi, me encanta ♥ ♥ ♥

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  4. Me encanto <3 <3 <3 seguí así, espere demasiado pero valió la pena*-* el próximo yaaaa Luli !!

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