sábado, 28 de mayo de 2016

Improvisando mi adolescencia - Capítulo 42.

Decidí no hablarle, al día siguiente cuando mi carta estuviese en sus manos íbamos a tener mucho de que charlar. Me fui a dormir, no sé si nerviosa, ansiosa, angustiada, arrepentida. O quizá todo junto.

Ya siendo mitad de semana, me desperté con una energía muy positiva pensando en que ese miércoles sería diferente. Miré la hora y eran las seis y media de la mañana, por lo que faltaban alrededor de doce horas para saber sobre mi futuro amoroso.



—Hija, llamó tu amiga diciendo que hoy no va al colegio porque está descompuesta y que no va a pasar a buscarte —comentó papá mientras yo me sentaba en la mesa para desayunar medio rápido. —¿Querés que te lleve yo? Entro a las nueve pero no importa.

Sonreí asintiendo.

—¿Mamá se queda con Nico? —pregunté.
—No, mamá hoy empieza el psicólogo. Estaba muy contenta por eso —dijo.

La cara se le iluminó. Hablar de la salud y el estado de mamá lo ponía muy nervioso y nostálgico.

—La lleva Nico, ¿no?
—No, Julia. Va a manejar.
—¿¡Por qué!? —pregunté digiriendo mi galletita.
—¡Tiene cáncer, no está inválida, hija!

Terminé mi jugo de naranja y preferí no decir nada. Esa frase sonó muy fuerte dentro de mí.
El recorrido casa-colegio fue silencioso, tenso. Evidentemente no fue bueno comenzar la mañana así, pero hay palabras que te rompen en alma y uno no puede controlarlo, menos disimularlo. Cuando llegué a la institución solo le di un beso a papá y me bajé del auto.



Había estado pensando tanto en Joaquín que, cuando entré al aula y vi la mochila de Agustín sobre uno de los bancos, me percaté de su presencia en mi curso. Las últimas horas habían sido bastantes raras y en lo último que pensé fue en el colegio y en él.

—Hola —saludé en general apenas ingresé.
—Hola, Ju —respondieron mis compañeros al unísono.

A excepción de algunos que estaban dormidos o muy entretenidos con sus celulares, Agustín me había dicho “hola”. Chiquito, casi en silencio, pero un hola en fin. En ese momento miré hacia el lado de Fio y sus cosas no estaban. En dos minutos tocaba el timbre, por lo que la llamé pero no atendió. “Seguro se quedó dormida de nuevo”, pensé.

Me senté sola, menos en Química que tuve que hacer un trabajo con Emilia, una compañera con la que no tengo demasiada relación. Cuando sonó el primer timbre del recreo, preferí quedarme en el aula ya que allí estaba calentita y sin demasiado ruido. Al estar del lado de la ventana, pude abrir la cortina y observar el patio. Ahí vi el famoso banquito del fondo, como le decíamos con las chicas al lugar donde yo iba con Joaquín en cada recreo u hora libre.
Creo que me colgué un buen rato mirándolo, porque unos minutos después me sacaron de mis pensamientos.

—¿Estás bien? —preguntó una voz femenina.

Ah.

—Sí —respondí seca.

Se acercó lentamente y yo volví a poner mi mirada sobre el patio tratando de ignorarla.

—Te pedí que charláramos y nunca me hiciste ese favor.
—¿Yo te tengo que hacer favores a vos? ¿Es en serio? —pregunté con tono irónico. —Quiero estar sola.
—Solo quería que habláramos del viaje de Joaquín.

Me quedé helada y, con cierta lentitud, me di vuelta hasta mirarla.

—¿Qué sabés?
—Lo mismo que vos. Que se fue. Pero, a diferencia tuya, yo me enteré por Facebook —comentó angustiada. —A vos seguro te llamó, te escribió y te hizo señales de humo.

Quise reírme, pero lo mejor era que no lo hiciera.

—Lo importante es que me enteré —dije. —Igual, no me interesa hablar de él con vos, Paula.
—Te ama —soltó sin filtro alguno. —Y mucho.

Miré al suelo.

—Y yo lo amo a él, y no me da bola. ¿Pero sabés qué aprendí estos días? —preguntó retóricamente. —Que hay cosas que simplemente pasan y hay que aceptarlas, porque por más que luchemos para cambiarlas… van a seguir igual. No todo depende de nosotros, algunas cosas están en manos del destino y punto.

Cuando era su amiga, me solía preguntar si Paula fumaba algo antes de ir al colegio porque en serio parecía drogada por las cosas que decía o hacía. Ese día lo confirmé: o estaba muy fumada o estaba loca. ¿Quién tiene esa conclusión a las ocho y media de la mañana? Yo, con suerte, me mantenía de pie.

—Bueno —volví a responder en tono seco y distante.
—No me digas bueno cuando estoy intentando ayudarte —saltó.

Esta vez la miré a los ojos. Con rencor. Y bronca. Y odio y también dolor.

—Medio tarde te acordaste de ayudarme. Puedo sola, sé lo que hago y estoy bien.

Justo entró Agustín con un paquete de galletitas dulces 9 de Oro en su mano derecha. Nos miró como diciendo “uh, para qué vine”, porque quiso dar media vuelta pero justo tocó el timbre de ingreso.

Los otros dos recreos estuve con mis compañeras o simplemente sola, caminando y deseando que el tiempo se pasara rápido.

A la una por fin estaba volviendo a casa.



—¿Má? ¿Qué te pasa? —pregunté al verla sentada en el sillón con cara triste.
—Estoy sensible, nada más —se sonó la nariz con un pañuelito descartable. —¿Cómo te fue? ¿Tenés hambre? Ahora cocino.

Se estaba parando pero hice que se sentara de nuevo.

—Bien, gracias. Sí, tengo hambre pero cocino yo. Y antes quiero saber qué te pasa, repito —dije rápidamente mientras dejaba mi mochila en el suelo.

Suspiró.

—Tuve charlas muy profundas con la psicóloga. Mariela, se llama. Es divina —comentó sonriendo. —Y me hizo llorar un poco. Bah, ella no. Yo lloro sola, viste cómo soy.

Reí.

—¿Entonces te sirvió de algo?
—Sí, sí. Para la próxima sesión tenés que ir conmigo.
—¿Qué? —pregunté sin entender. —¿Yo?
—Sí. Sesiones familiares. Por favor, bebé. Después le toca a Nico y después a papá.

La abracé y le di a entender que, por ella, doy y hago todo.

Almorzamos milanesas de pollo con ensalada las dos solas mientras mirábamos Titanic. Gran mala idea porque terminamos llorando como desquiciadas. Ella sensible por su enfermedad y yo sensible por un amor. Menos mal que estábamos solas.
La acompañé a mamá a su habitación para que pudiera dormir y yo me fui a la mía. Me saqué el uniforme y me puse el pijama: no pensaba salir de mi casa en todo el día. Quizá solo a comprar chocolates para deprimirme mientras hablaba con Jo, pero nada más.

Me acosté en la cama, nerviosa. Fio nos avisó que no había ido al colegio porque su cama la tentó, cosa que me esperaba. Y Luz seguía enferma. Hablamos sobre todo un poco: Mateo, Joaquín, Agustín y también Ramiro, el chico de Luz. Bah, “chico”. Le gusta hace dos años y él nunca le había dado bola, pero parecía estar saliendo mejor…
Escuchando música y leyendo novelas y poesías, el tiempo se me había pasado rapidísimo. Cuando miré el reloj ya eran las seis y cuarto, pero no había noticias de mi carta y menos de mi ex-novio, por lo que abrí WhatsApp para ver su última conexión. 17:56 hs. Demasiado poco tiempo.

“Capaz está leyendo lo que le mandé y reflexionando”, pensé.
“O capaz no está en su casa y no abrió el buzón”, pensé después.

No quería dormir por si Joaquín me hablaba. La conversación tenía que ser fluida, natural y, sobre todo, sincera. Así que seguí despierta hasta las siete de la tarde que, después de muchos nervios, me habló.

Jo: Hola Juli
Yo: Hola Jo

“¿Jo? ¿En serio, Julia? ¿¡JO!?”

Jo: Cómo va todo?
Yo: Hasta ahora, bien. Vos?
Jo: También, jaja
Jo: Qué andabas haciendo?
Yo: Literalmente nada. Acostada nomas
Yo: Y vos?
Jo: Pensando y leyendo
JA.
Yo: Leyendo?
Jo: Sí, me llegó una carta…
Yo: Leela y después hablamos. Beso

Luli / Improvisando mi adolescencia - Capítulo 42.

7 comentarios:

  1. no me lo podes dejar ahi luliiiiiiiiii

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  2. EL QUE SIGUE ����������������

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  3. No me la dejes ahi por favor! Necesito el que sigueeeee

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  4. Nooooooo que intrigaaa el 43 porfaaaa

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  5. Ayyyy 43 Luli, porfavorrr!!!

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  6. te cago a trompadas, como me la vas a dejar asiiiiii por dios

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