domingo, 29 de mayo de 2016

Conoceme de verdad.

Quiero que me conozcas, pero no solo de nombre, edad y esas boludeces.
Quiero que me conozcas de verdad, en profundidad, en mi totalidad.

Quiero que conozcas mi risa verdadera en la cual me duele hasta la panza. Quiero que me conozcas estando nerviosa, mordiéndome las uñas y tocándome el pelo. Quiero que conozcas mi forma de hablar.
Quiero que conozcas mis miedos, mis dudas, mis altibajos. Quiero que conozcas mis lágrimas y me las seques. Quiero que conozcas mi voz al cantar, al expresarme de una manera diferente. Quiero que conozcas la parte oscura de mi vida, la que pocos saben; porque en vos, confío.

Quiero que conozcas mis libros, mis cd’s de música, mi blog. Quiero que conozcas mi talento para la escritura, quiero que me leas. Quiero que conozcas mis películas favoritas para después hablar de ellas. Quiero que conozcas mis selfies más naturales, no “casuales”. Quiero que conozcas mis insomnios y me acompañes en ellos.

Quiero que conozcas mis secretos. Quiero que conozcas mi sarcasmo y mis chistes negros. Quiero que conozcas mis historias inventadas, mis sueños y mis metas. Quiero que me conozcas enamorada.

Quiero que conozcas mi forma de querer(te).
Solo quiero que me conozcas de una manera especial, distinta.
Conoceme,
yo solo quiero hacerte bien.

Luli.

sábado, 28 de mayo de 2016

Improvisando mi adolescencia - Capítulo 42.

Decidí no hablarle, al día siguiente cuando mi carta estuviese en sus manos íbamos a tener mucho de que charlar. Me fui a dormir, no sé si nerviosa, ansiosa, angustiada, arrepentida. O quizá todo junto.

Ya siendo mitad de semana, me desperté con una energía muy positiva pensando en que ese miércoles sería diferente. Miré la hora y eran las seis y media de la mañana, por lo que faltaban alrededor de doce horas para saber sobre mi futuro amoroso.



—Hija, llamó tu amiga diciendo que hoy no va al colegio porque está descompuesta y que no va a pasar a buscarte —comentó papá mientras yo me sentaba en la mesa para desayunar medio rápido. —¿Querés que te lleve yo? Entro a las nueve pero no importa.

Sonreí asintiendo.

—¿Mamá se queda con Nico? —pregunté.
—No, mamá hoy empieza el psicólogo. Estaba muy contenta por eso —dijo.

La cara se le iluminó. Hablar de la salud y el estado de mamá lo ponía muy nervioso y nostálgico.

—La lleva Nico, ¿no?
—No, Julia. Va a manejar.
—¿¡Por qué!? —pregunté digiriendo mi galletita.
—¡Tiene cáncer, no está inválida, hija!

Terminé mi jugo de naranja y preferí no decir nada. Esa frase sonó muy fuerte dentro de mí.
El recorrido casa-colegio fue silencioso, tenso. Evidentemente no fue bueno comenzar la mañana así, pero hay palabras que te rompen en alma y uno no puede controlarlo, menos disimularlo. Cuando llegué a la institución solo le di un beso a papá y me bajé del auto.



Había estado pensando tanto en Joaquín que, cuando entré al aula y vi la mochila de Agustín sobre uno de los bancos, me percaté de su presencia en mi curso. Las últimas horas habían sido bastantes raras y en lo último que pensé fue en el colegio y en él.

—Hola —saludé en general apenas ingresé.
—Hola, Ju —respondieron mis compañeros al unísono.

A excepción de algunos que estaban dormidos o muy entretenidos con sus celulares, Agustín me había dicho “hola”. Chiquito, casi en silencio, pero un hola en fin. En ese momento miré hacia el lado de Fio y sus cosas no estaban. En dos minutos tocaba el timbre, por lo que la llamé pero no atendió. “Seguro se quedó dormida de nuevo”, pensé.

Me senté sola, menos en Química que tuve que hacer un trabajo con Emilia, una compañera con la que no tengo demasiada relación. Cuando sonó el primer timbre del recreo, preferí quedarme en el aula ya que allí estaba calentita y sin demasiado ruido. Al estar del lado de la ventana, pude abrir la cortina y observar el patio. Ahí vi el famoso banquito del fondo, como le decíamos con las chicas al lugar donde yo iba con Joaquín en cada recreo u hora libre.
Creo que me colgué un buen rato mirándolo, porque unos minutos después me sacaron de mis pensamientos.

—¿Estás bien? —preguntó una voz femenina.

Ah.

—Sí —respondí seca.

Se acercó lentamente y yo volví a poner mi mirada sobre el patio tratando de ignorarla.

—Te pedí que charláramos y nunca me hiciste ese favor.
—¿Yo te tengo que hacer favores a vos? ¿Es en serio? —pregunté con tono irónico. —Quiero estar sola.
—Solo quería que habláramos del viaje de Joaquín.

Me quedé helada y, con cierta lentitud, me di vuelta hasta mirarla.

—¿Qué sabés?
—Lo mismo que vos. Que se fue. Pero, a diferencia tuya, yo me enteré por Facebook —comentó angustiada. —A vos seguro te llamó, te escribió y te hizo señales de humo.

Quise reírme, pero lo mejor era que no lo hiciera.

—Lo importante es que me enteré —dije. —Igual, no me interesa hablar de él con vos, Paula.
—Te ama —soltó sin filtro alguno. —Y mucho.

Miré al suelo.

—Y yo lo amo a él, y no me da bola. ¿Pero sabés qué aprendí estos días? —preguntó retóricamente. —Que hay cosas que simplemente pasan y hay que aceptarlas, porque por más que luchemos para cambiarlas… van a seguir igual. No todo depende de nosotros, algunas cosas están en manos del destino y punto.

Cuando era su amiga, me solía preguntar si Paula fumaba algo antes de ir al colegio porque en serio parecía drogada por las cosas que decía o hacía. Ese día lo confirmé: o estaba muy fumada o estaba loca. ¿Quién tiene esa conclusión a las ocho y media de la mañana? Yo, con suerte, me mantenía de pie.

—Bueno —volví a responder en tono seco y distante.
—No me digas bueno cuando estoy intentando ayudarte —saltó.

Esta vez la miré a los ojos. Con rencor. Y bronca. Y odio y también dolor.

—Medio tarde te acordaste de ayudarme. Puedo sola, sé lo que hago y estoy bien.

Justo entró Agustín con un paquete de galletitas dulces 9 de Oro en su mano derecha. Nos miró como diciendo “uh, para qué vine”, porque quiso dar media vuelta pero justo tocó el timbre de ingreso.

Los otros dos recreos estuve con mis compañeras o simplemente sola, caminando y deseando que el tiempo se pasara rápido.

A la una por fin estaba volviendo a casa.



—¿Má? ¿Qué te pasa? —pregunté al verla sentada en el sillón con cara triste.
—Estoy sensible, nada más —se sonó la nariz con un pañuelito descartable. —¿Cómo te fue? ¿Tenés hambre? Ahora cocino.

Se estaba parando pero hice que se sentara de nuevo.

—Bien, gracias. Sí, tengo hambre pero cocino yo. Y antes quiero saber qué te pasa, repito —dije rápidamente mientras dejaba mi mochila en el suelo.

Suspiró.

—Tuve charlas muy profundas con la psicóloga. Mariela, se llama. Es divina —comentó sonriendo. —Y me hizo llorar un poco. Bah, ella no. Yo lloro sola, viste cómo soy.

Reí.

—¿Entonces te sirvió de algo?
—Sí, sí. Para la próxima sesión tenés que ir conmigo.
—¿Qué? —pregunté sin entender. —¿Yo?
—Sí. Sesiones familiares. Por favor, bebé. Después le toca a Nico y después a papá.

La abracé y le di a entender que, por ella, doy y hago todo.

Almorzamos milanesas de pollo con ensalada las dos solas mientras mirábamos Titanic. Gran mala idea porque terminamos llorando como desquiciadas. Ella sensible por su enfermedad y yo sensible por un amor. Menos mal que estábamos solas.
La acompañé a mamá a su habitación para que pudiera dormir y yo me fui a la mía. Me saqué el uniforme y me puse el pijama: no pensaba salir de mi casa en todo el día. Quizá solo a comprar chocolates para deprimirme mientras hablaba con Jo, pero nada más.

Me acosté en la cama, nerviosa. Fio nos avisó que no había ido al colegio porque su cama la tentó, cosa que me esperaba. Y Luz seguía enferma. Hablamos sobre todo un poco: Mateo, Joaquín, Agustín y también Ramiro, el chico de Luz. Bah, “chico”. Le gusta hace dos años y él nunca le había dado bola, pero parecía estar saliendo mejor…
Escuchando música y leyendo novelas y poesías, el tiempo se me había pasado rapidísimo. Cuando miré el reloj ya eran las seis y cuarto, pero no había noticias de mi carta y menos de mi ex-novio, por lo que abrí WhatsApp para ver su última conexión. 17:56 hs. Demasiado poco tiempo.

“Capaz está leyendo lo que le mandé y reflexionando”, pensé.
“O capaz no está en su casa y no abrió el buzón”, pensé después.

No quería dormir por si Joaquín me hablaba. La conversación tenía que ser fluida, natural y, sobre todo, sincera. Así que seguí despierta hasta las siete de la tarde que, después de muchos nervios, me habló.

Jo: Hola Juli
Yo: Hola Jo

“¿Jo? ¿En serio, Julia? ¿¡JO!?”

Jo: Cómo va todo?
Yo: Hasta ahora, bien. Vos?
Jo: También, jaja
Jo: Qué andabas haciendo?
Yo: Literalmente nada. Acostada nomas
Yo: Y vos?
Jo: Pensando y leyendo
JA.
Yo: Leyendo?
Jo: Sí, me llegó una carta…
Yo: Leela y después hablamos. Beso

Luli / Improvisando mi adolescencia - Capítulo 42.

miércoles, 25 de mayo de 2016

Improvisando mi adolescencia - Capítulo 41.

En ese momento me acordé de todo lo vivido con Joaquín, como si mi subconsciente hubiese intentado decirme algo: nuestro primer beso, nuestra primera cita, cuando conoció a mis viejos, la primera vez que fui a un ensayo de su banda, la primera vez que le cociné, cuando conocí a su hermanita, nuestra primera vez… ¿En serio iba a tirar todo a la mierda por Agustín? ¿Valía la pena?

—No, Agus, pará —solté nerviosa, frenándolo.

Me miró sorprendido y tomó distancia.

—¿Estás bien?
—Sí. No —respondí confusa. —Sí, pero no con vos.
—No te estaría entendiendo, Julia…

Suspiré y me levanté del banquito.

—Perdón, en serio, pero esto no es lo que quiero.
—¿Es una joda? ¿Te das cuenta que tenés más problemas que mi vieja, boluda?

Levanté una ceja.

—Sí, me doy cuenta, Agustín. Por suerte los estoy solucionando. Perdoname en serio, pero no puedo. No quiero.

Se paró enfrente de mí.

—¿Es por Joaquín?

No dije nada, pero el que calla otorga…

—¡Julia, se fue! ¡Te dejó acá sola, no le importás!
—¿Qué? —pregunté recalculando. —¿Cómo sabés eso vos?

Miró al suelo, incómodo.

—Te estoy preguntando algo.
—No, no, no importa.

Pensé dos segundos.

—¿Estuviste con Paula de nuevo?

Mi bronca empezaba a salir. Otra vez. Una razón más por la que cada día confío menos en la gente que me rodea. Te pueden querer muchísimo, demostrártelo constantemente y todo lo que quieras, ¿pero cómo te asegurás de que no van a cagarse en vos?

—Ya entendí todo —dije después de un rato de silencio. —Sos igual o más mierda que ella.

Dicho eso, me fui. Intentó alcanzarme, pero no se lo permití. Todo me estaba saliendo tan mal que mi fracaso parecía no terminar nunca. Solía ser una persona súper positiva, siempre buscándole el lado bueno a las cosas, pero las situaciones malas me superaban. Me superaban en serio. Y cuando eso pasa, uno pierde las esperanzas, deja de creer en lo bueno y simplemente espera. Espera que llegue algo que cambie todo, espera que lo tóxico se vaya solo. Espera, espera y espera. Quizá los cambios no llegan nunca, pero la persona ex-positiva no piensa salir a buscar lo bueno que podría llegar a encontrar. ¿Por qué? Porque cuando lo buscó, no lo encontró. Tan simple como eso.



Fio: Ay, ami, no te lo puedo creer!!
Luz: Qué bosssta es! LO ODIO
Julia: Y yo? Chicas, posta no sé qué hacer. Me la juego por Jo?
Fio: Yo te diría q sí, intentando no vas a perder nada. De última hablarán y listo. Pero tenés q sacarte ese peso de encima.
Luz: Coincido c Fiorella. Se fue, y bastante lejos, pero eso no cambia lo q siente por vos

Esa fue una pequeña charla que tuve con las chicas después de haber llegado a casa. Cerré el grupo y entré al chat con Joaquín, que tenía fecha del mismo día pero más temprano. No se conectaba hacía dos horas, lo cual me ponía muy impaciente.
¿Y si ya conoció a alguien más? ¿Y si le siguen pasando cosas conmigo pero va a ser todo al pedo porque él está lejos? ¿Y si su mamá ya me odia? ¿Y si no vuelve nunca? ¿Y si me superó y no quiere saber más nada de mí?, me preguntaba a cada rato.

Pusé Stand by me de Oasis, un tema que me hace llorar muchísimo, y me tiré en la cama. No podía entender cómo una persona que amás tanto, te puede herir sin siquiera saberlo. Porque, digamos la verdad: Joaquín seguramente ni se imaginaba que yo estaba en mi cama sufriendo por él y pensando en él también.
Tampoco podía entender cómo había sido tan estúpida de dudar sobre nuestro amor y, así, conocer a otra persona. ¿Cómo me había dado la cabeza para ir a un bar con Agustín, mintiéndoles a mis viejos y a mi propio novio? Me merecía todo lo que me estaba pasando, sin dudas. Pero a la vez estaba tan arrepentida que no podía permitir que todo se arreglara solo, porque eso no iba a pasar. Había que actuar, y si bien yo ya había mandado la carta a su provincia, no sabía cuánto podría tardar Joaquín en leerla.

—Hola, buenas tardes —saludé.
—Hola. ¿En qué puedo ayudarla? —preguntaron del otro lado del teléfono.
—Hoy fui al correo a mandar una carta para el sur. Quería saber cuánto tarda en llegar, más o menos.

Hubo un silencio corto y se sentía el ruido de unas manos escribiendo en un teclado.

—¿Señorita?
—Sí, acá estoy.
—Mañana a primera hora sale todo, cartas y encomiendas. Alrededor de las seis de la tarde estaría llegando su carta al lugar que pidió.
—Bueno, muchas gracias.

Un día. Había que esperar un día.



—Má, ¿te ayudo en algo? —pregunté acercándome a la cocina.

Negó con la cabeza y me pidió que pusiera la mesa. Papá y Nico habían salido a dar vueltas con el auto ya que mi hermano estaba por sacar el carnet de conducir.

—¿Cómo estás?
—Bien —le respondí. —¿Y vos? Casi ni te vi hoy.

Me sonrió.

—Mejor. Estoy muy contenta de estar con ustedes de nuevo, ¡no sabés cuánto cuánto los extrañaba!

Dejé los platos sobre la mesa y fui a abrazarla. Cuando nos separamos continué con lo que estaba haciendo.

—Hoy estuve hablando con papá —comentó.
—Ah, ¿y?
—Sobre dos cosas totalmente diferentes.
—Ay, má, ¡dale!

Se rió.

—Una, que le pediste que mandara una carta al correo pero que cuando fue a buscarla a la mesa, ya no estaba —pausó dejando un gran silencio. Incómodo. —¿Qué pasó, chiquita?
—Nada. Quise ir yo a dejarla. Necesitaba hacerlo.
—¿De verdad?
—Sí —respondí acercándome a la cocina.

Me senté en la mesada mientras mamá ponía papas en el horno.

—¿Y ya la recibió?
—¡No, má, llega mañana! —exclamé riendo. —Ahora decime lo otro.

Pensó. Creo que se había olvidado de lo que me había dicho.

—Ah, cierto —soltó. —Que decidí ir a un psicólogo. Yo también necesito hacerlo —dijo sonriendo.

Puse mi mano derecha en su hombro.

—¡Genial! Me parece excelente —opiné. —Te va a hacer bien.
—Sí, eso espero.
—¿Va todo ok?
—Como se puede, hijita.

Otro silencio más que fue interrumpido por papá y Nico que estaban entrando.



—¿Tenés compañeros nuevos, Ju? —preguntó papá en la cena.

Qué pregunta de mierda, pensé. Y Nico notó mi incomodidad. Nadie respondió.

—Che, te estoy hablando.
—Uy, sí, me colgué —mentí. —Sí, tengo. Uno —respondí rápido como para evitar el tema.

Mamá no entendía.

—¿Mujer?
—No, hombre —contesté nerviosa. —Cuéntennos algo de San Francisco.

Mis papás se miraron cómplices.

—¿Lo conozco?
—¡Ay, papá, sí, lo conocés! ¡Basta! —grité histérica.

No sabía por qué había hecho eso. El día estaba siendo horrible y tener que nombrar a Agustín iba a complicar las cosas. Pedí perdón, acomodé mis cubiertos y me levanté. Solo necesitaba dormir y despertarme al día siguiente.

—Estoy cansada. Hasta mañana.

Fui a mi pieza, me puse el pijama, agarré el cargador del celular y me acosté. No me lavé los dientes y tampoco me saqué el maquillaje, pero no me importó.

Tenía un mensaje de Agustín.

Agus: Terminaste siendo más histérica de lo que pensé. T creía diferente

Decidí responderle.

Yo: Nunca me conociste de verdad, creo yo. Ya te pedí perdón, y al pedo, porque vos terminaste siendo re garca. Gracias igual. Algunas cosas pasan para darnos cuenta de otras.



Abrí Facebook y de nuevo apareció en mi inicio la publicación de la mamá de Jo. Pero esta vez había dos comentarios y quise abrirlos.

Paul Mateos: Los extraño muchísimo pero falta poquito para verlos. Los amo!!

Joaquín Mateos: Feliz por vos, viejita. Vamos q todo está saliendo genial. Te amamos

La curiosidad mató al gato, pensé.
No sabía si reírme o llorar, por lo que revoleé el celular. Cayó al piso, debajo de mi escritorio, justo donde estaba mi caja de recuerdos. ¿Coincidencia?, pensé. Si la abría iba a terminar llorando porque ahí están mis recuerdos más lindos y también los más fuertes. Pero si no la abría me quedaría con la duda de por qué mi celular cayó justo allí, cuando lo tiré sin mirar adónde.

“Octavo mes y el más feliz de todos. No te quiero lejos de mí NUNCA. Sos mi vida, te amoooo”. Papelito que Jo me había hecho en el colegio.

“Estoy aburrida y me pintó escribirte algo porque Física me aburre. Mañana es tu cumpleaños y vas a recibir el mejor regalo. Estoy más ansiosa yo que vos, me parece. Te amo”. Papelito que Paula me había hecho también en el colegio.

Encontré una foto con Nico cuando jugó su primer partido importante de básquet, una foto con Jo en el ensayo de su banda, una foto con mis papás para mi cumpleaños de quince, una rosa, un par de aritos horribles que me habían regalado pero los guardaba por si acaso y mil cosas más.
No puedo ser tan masoquista, dije en voz alta mientras guardaba todo en su lugar. Podría haber seguido mirando todo lo que hay en la caja, pero para seguir sufriendo… pasaba.

Me estaba acostando en la cama porque mi reloj marcaba la una y media de la mañana, cuando me llamó Fiorella. Para que ella me llame y no me mande un mensaje, tiene que pasar algo groso.

—¿Amiga? —pregunté asombrada.
—¿Estás durmiendo?
—Casi. ¿Qué pasa?

Suspiró.

—Recién llego a casa, estuve en lo de Mateo.

¡Ciertooo! Prendí la luz del velador y me senté en la cama.

—¿¡Y!?
—Creo que va todo bien.
—¡Hablá!
—Comimos empanadas y me trató re bien. Pero no sé, me gustaba más cuando recién lo conocí.

Me reí.

—¿Por?
—Porque no tenemos nada en común, boluda, te juro. Somos completamente diferentes. Medio aburrido, como amigo quizá va mejor.
—¿Y él qué onda?  ¿Piensa igual?
—No sé, gorda. Aunque él parecía re interesado, o sea, él me decía blanco, yo le decía negro y él me preguntaba todo sobre ese negro, ¿me entendés?
—¡Ay, más lindo! —exclamé entusiasmada.

Se rió ella.

—Sí, no sé. Es raro. Todos los pibes que me gustaron eran parecidísimos a mí.
—Dicen que los opuestos se atraen, Fio. Yo que vos pruebo. Y algo en común tienen: ambos aman el deporte.

Sonrió, juro que lo sé.

—Sí, ¿no? Encima me quería llevar a casa, pero ni en pedo dejaba que manejara, ni ahí. Cuestión que me tomé un taxi y mamá nunca sospechó. Le dije que fui a lo de Luz.


Continuamos hablando hasta las dos y cuarto de la mañana, hasta que nos dio sueño y preferimos seguir la charla en el colegio. Antes de dormirme, abrí WhatsApp una última vez para ver la conexión de Jo. En línea.

Improvisando mi adolescencia - Capítulo 41.
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Bueno, sé que tardé bastante en subirlo y pido mil disculpas por eso. Ya dije los motivos vía Twitter, pero por las dudas lo comento acá de nuevo: estoy a mil con el colegio y actividades extraescolares, no quería comprometerme con el blog si sabía que no podría actualizar. 
Amo escribir pero es un hobby, y los hobbies se disfrutan, por lo que si empiezo a hacer esto como obligación ya no va a ser lo mismo. Ustedes pueden dejar quinientos comentarios diciendo que se pone aburrido si tardo, preguntando qué pasa, etc., pero les aseguro que no logran nada haciéndolo. Yo tengo mis tiempos y no tomo a la cuenta como una responsabilidad sino mas bien como una diversión. Nunca dije que haría esto tres veces a la semana ni nada similar, así que pido paciencia y nada más. Lo bueno tarda en llegar, chicas!
Gracias a todas las que me bancan con esto y a las que confían en mí, en serio. Es muy lindo ver comentarios positivos sobre la novela, que me hablen por privado para felicitarme, que les guste lo que hago y que lo valoren. Así dan ganas de seguir publicando.

Ahora, hablando sobre Improvisando mi adolescencia: falta muy poquito para que llegue a su fin, más o menos alrededor de ocho o nueve capítulos. Esa es mi idea, pero no tengo nada fijo por el momento. Así que disfrútenla y leánla cuantas veces quieran porque va a seguir estando en el blog. Háganse historias en su cabeza con Julia y sus amores. Opinen acá qué les gustaría que pase. Cuéntenme qué les va pareciendo todo hasta ahora. Sus opiniones constructivas son importantes y trato de siempre tenerlas en cuenta.
Una vez más muchísimas gracias por el apoyo. Sin ustedes, la novela no estaría!

Luli.

jueves, 12 de mayo de 2016

Tenerte.

No te pido que me mandes un mensaje cada una hora ni que me digas “buenas noches” antes de irme a dormir. No te pido que le pongas Me gusta a cada foto que subo ni que me faveés cada tuit. Tampoco te pido que me quieras ver todos los días, ni que me invites a tu casa, ni que me presentes a tu familia y a tus amigos
No te pido que te hagas cargo de mis problemas o que intentes ayudarme a resolverlos. No te pido que ordenes mi desorden. Tampoco te pido que formes gran parte de mi vida, porque solo quiero tenerte. En menor o en mayor porcentaje, pero tenerte en fin.

¿Por qué digo todo esto? ¿Por qué lo escribo acá en vez mandártelo por mensaje o decírtelo personalmente? ¿Por qué tengo tanto miedo a tu respuesta? Será porque no somos nada, tal vez, pero a la vez somos todo.
Probablemente te asustarías al leer lo que siento, lo que me pasa con vos, cómo cambio cuando estoy a tu lado. Probablemente pienses que soy una ilusa, una presa más. ¿Y si es así? ¿Qué hago con lo que siento? Mejor no arriesgarme a perderte. A perdernos. A perder todo lo lindo que formamos.

Me hacés bien así, siendo nada y siendo más que todo al mismo tiempo. Me hacés bien así, con tus histeriqueos y tus  mensajes inesperados.
Sí, quizá me harías mejor si te tuviera de otra forma. De una forma más seria, más real, más madura. Pero no se puede (o no podemos). Pero no me arriesgo (¿y si a vos te pasa lo mismo que a mí?). Y no sé si avanzar o quedarme en el molde, porque mi cabeza está cada día más enquilombada.

Y sí, sentite un poco (bastante) culpable. Por vos me desvelo, por vos pierdo la paciencia, por vos me enojo conmigo misma, por vos no pienso en otras cosas. Por vos, por vos, por vos.
¿Y vos por mí? ¿Hacés algo? ¿Me lo demostrás de alguna forma? ¿Ocupo parte de tu mente aunque sea un minuto? Me torturo con estas preguntas. No paro de hacérmelas. ¿Te importo tanto como vos a mí? ¿Me querés como yo te quiero? ¿Le hablás a tus amigos de “nosotros”? Quién sabe, ¿no? Tal vez sí, tal vez no. 

Cuánto me gustaría ser vos aunque sea una hora, pero no sueño imposibles y me quedó acá, parada, firme, solo mirándote y apreciándote. Agradeciendo que, al menos, te tengo.

-Luli.

sábado, 7 de mayo de 2016

Sola entre la multitud.

Miro a mi alrededor y me doy cuenta que estoy rodeada de personas. Familiares, conocidos, amigos, desconocidos, amores… Sin embargo me siento tan sola.

Lloro encerrada en mi cuarto para que nadie me pregunte qué me pasa, o debajo de la ducha también, así nadie escucha mis llantos.
Sufro en silencio, sin dejar sospechas, fingiendo que todo está bien cuando la realidad es completamente distinta.

¿Que si me hace mal? Sí, obvio. Pero, ¿para qué hablar si nadie se preocupa por mí? Un “¿cómo estás?” dicho por compromiso, no sirve. Un “me alegro por vos” sin emoción y con falsedad, no sirve. Un “contame qué te pasa” solo para reírte de mí, no sirve. Entonces la mejor solución que encuentro, es ocultar mis sentimientos.
¿Que si voy a explotar? Sí, seguramente. Pero, ¿quién saldría herido si parece no importarle a nadie cómo me siento? Si exploto, la única lastimada voy a ser yo, como siempre. Si guardo lo que me pasa, la única perjudicada voy a ser yo, como siempre.

Todo parece ir mejor, parece que estoy haciendo las cosas bien, parece que los cambios se hacen notar. Hasta que de repente caigo de nuevo en ese pozo negro donde lo único que sé hacer es llorar y pensar en las cosas que hice mal. Donde lo único que siento son ganas de tener a alguien que me acompañe, que me guíe, que me saque sonrisas, que le importe, que me llene de mimos y cariño, que no me diga frases compradoras sino que me diga la verdad.
Pero no tengo a ese alguien. Y me sigo callando.

Y la historia se repite una y otra vez.

-Luli.