miércoles, 20 de abril de 2016

Nos extraño.

No sé por qué me cuesta tanto renunciar a vos, sé que tengo que hacerlo, pero algo dentro de mí no quiere, se niega... Será porque fuiste el gran amor de mi vida? Será porque nunca nadie me enamoró de la forma en la que vos lo hiciste? Será porque como vos no hay dos? Será porque sos eso que le falta a mi vida? Pasan los días y tu recuerdo sigue en mí, estás tatuado en mi mente.. nos extraño juntos, nos extraño a nosotros.
Extraño cómo me querías, extraño sentir tus labios sobre los míos, extraño esas tardes hablando horas y horas de estupideces que me entretenían tanto, extraño que te preocupes por mí, extraño caminar a tu lado, extraño ser yo la primera persona a la cual le cuentes tus cosas, extraño tus abrazos, esos que me hacían sentir protegida y lograban que me olvide de todo, extraño tu risa, que por cierto era mi sonido favorito, extraño verme reflejada en tus ojos, extraño que me hables al oído, extraño que nos riéramos juntos sin parar como dos tontos, extraño que juntos nos olvidáramos de todo, extraño tu manera de pronunciar mi nombre, extraño tu voz.. que con sólo escucharla me transmitía una tranquilidad única, extraño mi sonrisa de tonta cuando veía que me hablabas, extraño el cosquilleo que sentía en la panza cuando te veía, extraño tus intentos de darme celos, extraño tu manera de mirar, extraño tus ojitos achinados cuando sonreías, extraño todo eso y más, incluso extraño esos momentos que nunca vivimos. 
Pienso en vos y es inevitable que se me caiga alguna que otra lágrima, porque fuiste quien me hizo sentir viva cuando creía que estaba muerta.
No te extraño a vos, no me extraño a mí, nos extraño a nosotros, porque cuando estábamos juntos, sinceramente el mundo estaba de más.   

-Sofi.

domingo, 17 de abril de 2016

Improvisando mi adolescencia - Capítulo 37.

—No quiero escucharte —dije con un tono violento. —¿Cómo entraste?

Sonrió.

—Me invitó Nico.
—¿Dónde está él?
—Se fue a comprar.

Se acercó más a mí.

—Mirá, Julia. Sé que me odiás y más desde que te enteraste que soy la ex de tu ex. Pero con ese odio no vas a lograr separarme de Niquito, ¿sabés?

La miré desafiante.

—Lo que me propongo, lo logro, Eugenia. No quiero que mi hermano sufra.
—Hagamos un trato.
—¿Eh? No, con vos no hago nada —respondí cortante. —O hablás vos o hablo yo.

Justo entró Nicolás.

—¿Todo bien? —preguntó alzando una ceja.

Asentimos falsamente y dejó dos bolsas sobre la mesa.

—Euge se queda a merendar. ¿Vos qué vas a hacer?

Sonreí para mis adentros.

—Yo me voy a ir, los dejo solos. Seguro tienen mucho de qué hablar —y miré a Eugenia.



—¡Qué sorpresa, eh! —exclamó Agus al abrir la puerta de su casa.
—Perdón por no avisarte. Pero quería que te sorprendieras.

Me dio un beso en la mejilla y me dejó pasar. Estaba escuchando los Red Hot, una banda que él ama y a mí me encanta.

—Sos crack —solté mientras me sentaba en el sillón.

Fue a la cocina a buscar una chocolatada Cindor y sirvió en dos vasos. Sacó un tarro con galletitas y llevó todo a la mesa chiquita. Bajó el volumen de la música y me miró.

—Dale, ¿para qué viniste?

Suspiré.

—Eugenia está en mi casa. Tiene que decirle algo a mi hermano y preferí dejarlos solos.
—¿Qué cosa tiene que decirle?
—Que estuvo con Joaquín hace un tiempo —dije tranquila mientras tomaba la chocolatada.
—¿Y si no le dice?
—Voy a hablar yo —pausé. —Pero bueno, ya fue, tema de ellos. Yo quiero cuidar a Nico nada más. Cambiemos de tema.

Sonrió.

—Mañana te sentás conmigo, eh. No te olvides.
—¿Cómo me voy a olvidar? Igual soy insoportable como compañera de banco.

Se rió y me abrazó.

—¿Tus viejos dónde están? —pregunté.

Noté su incomodidad hacia la pregunta.

—No, pará, quiero decir que nunca están cuando yo vengo —aclaré para no confundir las cosas.
—No, sí, ya sé —dijo. —Nunca están, en realidad. Trabajan como esclavos y los veo re poco.

Siempre tan oportuna, pensé.

—Perdón. No sabía nada —y tampoco sabía dónde meterme. —¿Querés que salgamos a hacer algo?
—¡No es una mala idea!

Agarró su celu y las llaves de su casa y salimos a la calle. Empezamos a caminar sin rumbo, como siempre, hasta que llegamos a la puerta del cine.

—Puede ser un buen plan —dijo levantando las cejas con una sonrisa.

Se la devolví.
Compramos dos entradas e hicimos la fila para la próxima función que estaba por comenzar. Las películas de Adrián Suar son siempre mis favoritas, esperaba que Me casé con un boludo no me defraudara.

—Andá a comprar cosas para comer y yo te espero acá.
—Bueno, dale —respondí dando media vuelta para ir al quiosco.
—Tomá —gritó.

Volví hacia él y me dio plata.

—No, la comida la invito yo.
—Agarrá esto, Julia.

Le saqué la lengua y salí corriendo. Cuando llegue al quiosco compré dos bolsas de pochoclos, una H20 limoneto para mí y una Sprite para él. Sumé una cajita de caramelos Sugus y listo.
Entramos a la sala y nos sentamos en el medio. Puse el celular en silencio y Agus directamente lo apagó.
Las horas siguientes nos las pasamos riéndonos y mirándonos constantemente. Si bien la película estaba siendo re divertida, el hecho de estar con él la hacía más especial aún. Comimos todo lo que había comprado y no nos distrajimos ni un momento.



—Estuvo copada —comentó mientras salíamos de la sala.
—La verdad que sí, me re gustó —apoyé sonriente.
—Miren a la parejita —dijo una voz por detrás de nosotros.

Nos dimos vuelta al mismo tiempo y ahí estaba Paula.

—¿Eh? ¿Qué mierda hacés acá? —preguntó Agus medio agresivo.
—Lo mismo que ustedes, seguramente.

Sus comentarios irónicos siempre me habían sacado de quicio. Esa vez no era la excepción.

—Bueno, bien por vos. Que disfrutes la peli —dije para cortar todo ahí.

Le estaba agarrando el brazo a Agustín para irnos pero frené mi acción cuando vi que Joaquín se acercaba a nosotros. ¿Coincidencia?

—Ay, al fin —dijo Paula al verlo. —Mirá a quiénes me encontré.

Revoleé los ojos.

—Hola —saludé. —Nos estamos yendo.

Dimos media vuelta y nos fuimos, pero mi cabeza seguía en ese lugar. ¿Por qué estaban juntos? ¿Estaban siguiéndonos? ¿Estaban saliendo?



—Hola, estoy acá —soltó Agus al notar lo colgada que estaba.

Lo miré con cierta preocupación.

—Perdoname, no entiendo nada.

Apoyé mi cabeza en su hombro mientras caminábamos por nuestra placita.

—Me di cuenta. Te entiendo.
—¿Decís que lo hacen para darme celos?

Negó con la cabeza.

—No creo, Ju. Capaz se gustan y punto.
—No puede ser —exclamé. —Hasta hace unos días el chabón me buscaba.
—Vos mejor que nadie sabés que las cosas pueden cambiar de un momento a otro, sin previo aviso.

Y sí.
Nos quedamos en silencio, disfrutando de la vista y del día soleado y fresco que nos acompañaba, hasta que recordé que mi celular estaba apagado. Lo prendí rápidamente, mamá estaba bastante grave y quizá mis amigas me necesitaban.

 —¿Pasa algo? —preguntó Agus sin comprender mi nerviosismo.
—No, no, necesito tener el celular prendido por mi familia.

Dejé que reaccionara tranquilo así entraban los mensajes con facilidad y no se colgaba.

—Uh, no —mi tono de voz había cambiado.
—¿Qué? —preguntó Agustín preocupado.

Me levanté del banquito en el que estábamos sentados y marqué el número de papá. Así unas cinco veces, ignorando completamente la presencia de mi… ¿amigo?, hasta que por fin atendió.

—¡Julia! —gritó desesperado. —¿¡Dónde estabas!? ¡Te necesitábamos!

No sé por qué empecé a llorar. ¿Mamá estaría mal por mi culpa? Agus se levantó y me abrazó.

—Perdón, perdón, perdón —dije. —¡Estaba ocupada!
—No me importa qué estabas haciendo. Te pedí pocas cosas al irme y una de ellas era que estuvieses atenta a nuestros llamados. No pudiste ni escuchar eso.
—¡Basta! ¡Decime de una vez qué pasa! —grité.
—Estamos en el aeropuerto, nos volvemos a Recoleta.
—¿Eh? —pregunté sin entender.
—Los médicos no pudieron hacer nada. Pero nada.
—¿Y qué va a pasar?

Me alejé de Agustín y me largué a llorar. Lo peor estaba llegando.

—Nada, hija. Tiene que tomar medicamentos y hacer tratamientos, pero solo van a controlar el dolor, el estreñimiento, las náuseas y la falta de aliento.

¿Eso quería decir que…?

—¡Son especialistas, tienen que poder hacer algo! —grité más fuerte.


No me importaba que la gente estuviera mirándome ni que Agustín estuviera cerca mientras yo gritaba, lloraba y se me caía el maquillaje. La vida de la mujer que más amo estaba en riesgo, cada vez más cerca de la muerte, cuando hacía tan solo unos meses era la persona más feliz y sana del mundo.


—¡No pueden, Ju! Te juro que no.
—¿Puedo hablar con ella?
—Cuidado, está muy débil y sensible.

Oí algunos ruidos hasta escuchar su voz.

—Te amo, te amo, te amo, te amo —dije cuando supe que estaba del otro lado del celular.

Noté cómo empezaba a llorar.

—¡Te amo! —volví a decir más fuertemente.
—Mi bebé, yo a vos. Mucho. Ya estamos más cerca. Ya nos vamos a ver.
—¿Cuándo llegan?
—Mañana a la mañana.
—Te voy a estar esperando.
—No, hija, tenés clases. Vas a ir y nos veremos al mediodía.

Negué con la cabeza aunque ella no me estuviera viendo.

—¡No! ¡Me voy a quedar, te voy a preparar el desayuno y me voy a quedar con vos!

Suspiró.

—Te adoro.

Y me pasó con papá.

—No dije nada malo, te lo juro.

Se rió con suavidad.

—Ya lo sé, Juli. No quiso hablar más porque se pone mal. ¿Qué estás haciendo?

Le hice señas a Agus para que se acercara.

—Salí a pasear con un amigo. Nico estaba merendando con Eugenia en casa.
—¿Conozco a tu amigo?

Me sequé las lágrimas y sonreí.

—Todavía no.

Una vez que corté con él, volví a mi charla con mi acompañante. Empezamos a caminar para ir a mi casa.

—Negra, ¿qué onda?
—Mamá. No pudieron hacer nada, mañana a la mañana ya están acá. Ahora todo queda en manos del destino.

No dijo nada, cosa que agradecí. Simplemente me abrazó, y no fue un abrazo más. Fue un abrazo necesario, reconfortante, uno que me hizo pensar que todo podría mejorar.



—¡¿Nico?! —pregunté gritando cuando entré a casa.

No escuchaba respuesta alguna.

Fui al baño, a la cocina, al patio y no encontré a nadie. Decidí ir a su cuarto y ahí lo ví: con los ojos cerrados pero no durmiendo. Me acerqué a su cama y me senté a su lado.

—Ni una bien —dijo después de unos segundos.

Le acaricié el brazo.

—Te escucho.
—¿Tan para el orto me tienen que salir las cosas? Mi primera novia me mintió, mi vieja se está muriendo, mi vida no toma ningún rumbo.

Lo miré con cierta compasión.

—Yo te quería decir lo de Eugenia, pero creí que era mejor no meterme. Perdoname.

Sonrió e hizo como si nada hubiese pasado.

—Mamá vuelve mañana y todo va a ser diferente.
—Se complican las cosas, Nico.
—Ya sé —contestó sentándose en la cama.

Me tomó las manos.

—Estemos más unidos que nunca, Ju. Eugenia ahora me chupa un huevo, posta. Necesito que mamá esté bien, que seamos fuertes, que sepamos estar con ella y para ella.


Luli / Improvisando mi adolescencia – Capítulo 37.

Gustar de vos.

¿Cómo no me ibas a gustar si con solo mirarte ya sonrío?
¿Cómo no me ibas a gustar si un mensaje tuyo me tiene feliz durante días?
¿Cómo no me ibas a gustar si sé que estamos hechos para estar juntos?
¿Cómo no me ibas a gustar si los opuestos se atraen?
¿Cómo no me ibas a gustar si cada cosa que me decís permanece en mi cabeza por meses?
¿Cómo no me ibas a gustar si cada vez que nuestras miradas se chocan, es porque se buscan?
¿Cómo no me ibas a gustar si llegaste a mi vida cuando lo único que quería era exiliarme del mundo?
¿Cómo no me ibas a gustar si mi nombre suena más lindo cuando vos lo decís?
¿Cómo no me ibas a gustar si me enseñaste a comprender el amor?
¿Cómo no me ibas a gustar si hiciste que me descubriera y sepa más sobre mí?
¿Cómo no me ibas a gustar si cuando camino entre una multitud, todos tienen tu cara?
¿Cómo no me ibas a gustar si siento tu perfume aunque no estés cerca de mí?
Por estas razones y muchas más, me gustás. 
Así de hermoso, loco, colgado, gracioso, pesado, enojón, histérico, me gustás.

Luli.

jueves, 14 de abril de 2016

Las mejores cosas de la vida.

¿Por qué tenemos esa manía de pedir más de lo que ya tenemos? De quejarnos siempre de todo, de no conformarnos con nada? Siempre digo que los detalles son absolutamente todo, y realmente creo que es así. A veces pensamos que todo está mal, que siempre nos pasan cosas malas, sin darnos cuenta que lo bueno es lo simple de nuestra vida, y por estar ocupados con nuestros mambos no lo valoramos.

Las mejores cosas de la vida justamente no son cosas, son detalles, sonrisas, buenas compañías. Son noches de locura que terminan al otro día y te dejan llena de anécdotas, ir de la mano con la persona que amas, hacer algo que hace mucho tiempo querías hacer, tirarte de un paracaídas, mirarte al espejo y sentirte linda, ver a una persona que hace tiempo no veías, reconciliarte con alguien, dar un beso, hacer el amor, escuchar buena música, caminar bajo la lluvia, que te cocinen algo rico, reírte hasta que te duela la panza, acariciar a tu mascota, hacer nuevos amigos, un abrazo que te cure el alma, la sonrisa de mamá. Éstas y muchas más, son las mejores cosas de la vida, son momentos, son sensaciones, son personas, son experiencias y vivencias, son recuerdos.
Las mejores cosas surgen de repente, sin avisar, sin planificarse, sin darte cuenta, de forma espontánea, fácil, natural, rápida. Son aquellas que vienen en el momento menos pensado y cuando faltan, se necesitan. No se compran, no se venden y mucho menos se pueden planear, así que cuando estés disfrutando una de esas pequeñas cosas, aprovéchalas porque en realidad son las más grandes.

-Sofi. 

miércoles, 13 de abril de 2016

Improvisando mi adolescencia - Capítulo 36.

Luz sonrió, me guiñó el ojo derecho y se fue al banco de una compañera. Yo me acerqué a Agus con una sonrisa.

—Buenos días.
—Qué lindo verte desde tan temprano —dijo. —¿Te sentarías con tu nuevo compañero?

Hice una mueca.

—Ay, perdón, pero todos los primer día de clases me siento con Luz —comenté disculpándome. —Mañana nos sentamos juntos.

Sonrió asintiendo y mi amiga se acercó. Saludó a Agus.

—Ju, ¿nos sentamos allá? —preguntó señalando un banco en diagonal adonde estábamos.

Ese banco estaba al fondo, el de Agus estaba más adelante y podría verlo con mucha claridad.

—Dale —respondí después de haber analizado el panorama.

La mañana transcurrió con total normalidad, los profesores iban siendo agradables y el curso en sí también. Yo estaba bastante nerviosa por el hecho de que Agustín fuera mi nuevo compañero y porque tendría que verle la cara a Paula todos los días, pero dejé de pensar en esos asuntos y todo fluyó genial.

—Boluda, Agustín no para de mirarte —dijo Luz mientras el profesor de Química escribía en el pizarrón los requisitos para aprobar la materia. —Se da vuelta y vos no te das cuenta.

Sonreí mirando hacia su lugar.

—Sí me di cuenta, tonta. Solo que sé disimular.
—Paula tampoco sabe disimular, te cuento. No para de mirarlos a ambos.

Nos reímos y justo él se dio vuelta para verme. Nuestras miradas se chocaron y puedo jurar que repetiría ese momento unas cuántas veces más.

A las ocho y media tuvimos el primer recreo de veinte minutos. Fio nos había escrito en el grupo: se había quedado dormida el primer día de clases y pedía que le contáramos todo, desde la llegada de Agus hasta cómo eran los nuevos profesores.
Estábamos sentadas en un banco del hall cuando se acercó Joaquín.

—Hola —saludó parado frente a nosotras.

Levanté mi cabeza.

—¿Qué pasa? —pregunté con poca paciencia. —¿Qué querés?
—Desearte suerte para este año.

Miré a Luz y noté cómo revoleaba los ojos. Esta escenita era repetida.

—No necesito ni quiero suerte. Gracias igualmente —respondí en tono seco.

Volví a agarrar mi celular para leer a Fiorella y notaba la presencia de Joaquín. Me estaba cansando de verdad.

—¡¿Necesitás algo?! —exclamé irritada.
—¿No me vas a desear suerte?

¡NO!

—No, nene, no quiero hablar con vos. ¿Te podés ir?

Estaba yéndose cuando apareció Paula, se saludaron y se quedaron charlando cerca de nosotras. Ella, al poder mirarme, me hacía caras desafiantes. Las aguanté una vez, dos veces y hasta tres, hasta que Luz me dijo que no sea boluda.

—¿Qué mierda querés, Paula?

Joaquín miró sin entender.

—Si no te hizo nada, loca. ¿Para qué la buscás?
—¡Me está jodiendo desde que se puso a hablar con vos!

Mi ex amiga sonrió falsamente.

—Ay, no, te debés estar equivocando. Yo solo estoy hablando con Jo.

¿Con Jo? ¡LA QUERÍA MATAR! ¡Ese apodo se lo había puesto YOOO!

—¿Perdón?

Joaquín entró a reírse a carcajadas.

—Están todas bastante paranoicas. Vamos, Pau.

Se fueron por el camino contrario y me quedé con mil cosas por decir. ¡Tan estúpida tenía que ser!

—Le falla posta, eh —soltó Luz cuando nos quedamos solas.
—¿Qué hice para merecer esto?

Volvimos al aula después de haber charlado un poco y, con Literatura y Biología de por medio, el día terminó rapidísimo.



—¿Hay alguien? —pregunté cuando entré a casa.
—Hola —dijo Nico desde la cocina. —¡Te estoy cocinando!

Sonreí para mis adentros y me acerqué adonde él estaba.

—Ese olorcito…
—Hamburguesas con puré. El almuerzo de mamá de todos los primeros días.
—El mejor —apoyé.

Fui a mi habitación a sacarme el uniforme y me vestí con ropa de entrecasa (este es el look). Una vez que terminé, fui al baño.



—¿Cómo te fue hoy? —preguntó mi hermano mientras empezábamos a comer.
—Bien, qué se yo. Normal —contesté.

El almuerzo estaba buenísimo.

—¿Cómo que normal? ¡Tus primer día son siempre buenos, Julia! —exclamó.

Me reí porque era cierto. Antes, cuando mi vida era más o menos normal, yo iba al colegio con Joaquín y allá nos encontrábamos con su grupo y el mío. Nos pasábamos las horas hablando de las vacaciones y del gran año que nos estaría esperando.
Este año todo sería diferente. Mis amigas, mis relaciones amorosas, mi familia, mi escuela… Los cambios ya se estaban sintiendo. Y mucho.

—Bueno, este fue un primer día normal —dije con poca emoción. —¿Vos qué hiciste?
—Yo dormí hasta las nueve y después me fui a entrenar —pausó para tomar jugo. —Volví a casa hace una hora, ponele, me bañé y te cociné esta delicia.

Continuamos hablando del quinto año escolar que ya estaba arrancando y del famoso Bariloche. Me contó sus experiencias allá (no todas, por suerte) y compartimos opiniones. En un momento me acordé de todo lo que yo había sufrido el año pasado cuando Joaquín firmó con una empresa para irse este año.

—No me tenés que prometer nada, confío en vos y en nosotros —decía yo.
—Y hacés bien en confiar. Nada va a cambiar esto hermoso que tenemos —decía él.
—Bariloche son un par de días, nuestra relación es más que eso —volvía a decir él para convencerme de que nada pasaría.

Él había soñado con ese viaje desde que entró a la secundaria, no podíamos privarnos de ir sin saber cómo estaría todo luego.
Y menos mal que no tomamos esa decisión, porque meses después todo terminó siendo completamente distinto y, sobre todo, inesperado.

Lavé los platos después de haber almorzado y me fui a acostar un rato. Una vez en la cama, le mandé un mensaje a papá para que me contara la situación en San Francisco, y hasta supuse que respondería rápido. Pero me dormí sin haber recibido una respuesta.

Abrí los ojos y sentí ruidos que parecían llegar del living. Miré la hora en el celular y eran las cuatro de la tarde. Tenía un mensaje de papá.

Pá: Todo marcha normal tirando a mal. Mamá sigue durmiendo, hoy le hacen más estudios. Te amamos

Decidí contestarle.

Yo: Estudios? Más todavía?
Pá: Sí, mi amor. Ojalá fuera tan sencillo como pensamos!
Pá: Lo peor de todo es que cada vez come menos. No tiene fuerzas para casi nada. Si la vieras no la reconocerías.
Yo: Ay, pá. Que los médicos hagan todo lo posible
Pá: Eso intentan, mi reina.

—¿Nico me dijo que iba a salir? —me pregunté al soltar el celular y volviendo al mundo.

Me levanté cuidadosamente de la cama para no sufrir mareos, me puse mis pantuflas violetas y encaminé al lugar de donde provenía todo el quilombo.

—¿Vos? ¿Qué hacés acá? ¿Cómo entraste? —pregunté sorprendida.
—Tenemos que hablar. Y a solas —respondió levantando una ceja.
—Yo no tengo nada que hablar con vos. Andate de mi casa.

Se rió irónicamente.

—¿Ah, no? —se acercó a mí. —Tenemos que hablar de una sola cosita. Te encantaría escucharme.

Luli / Improvisando mi adolescencia - Capítulo 36.